Nanas y acurruques. José González en concierto

No está hecha la miel para la boca del asno. No me gusta en demasía la miel, mas no soy un asno. Tenía ligeras sospechas de esto último, pero lo comprobé del todo en el maravilloso recital que José González ofreció el pasado sábado en la sala Capitol de Santiago de Compostela.
Comencemos por las verdades absolutas.
Primera: Jamás en mi vida, y he visto una cantidad bastante respetable de conciertos, escuché un sonido tan rematadamente perfecto como el logrado en el espacio gallego. Ya prometía el fantástico cubículo nada más entrar, pero las expectativas quedaron en poquísima cosa. Envidia, viniendo de donde vengo, fue la palabra exacta para definir la sensación experimentada al ver a, yo qué sé, ¿700 personas? disfrutando con todas las letras, de la “d” a la “o”, de un sonido imposible de mejorar.
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Segunda: Ni José González es, por más que pudiera parecerlo, el nombre del presidente de su comunidad de vecinos ni el del mediocentro defensivo del Villarobledo Fútbol Club. ¿Que podría darse la casualidad y ser así? Pues sí. Pero en cualquiera de esos dos casos no me habría yo hecho más de 400 kilómetros para emocionarme con él.
Tercera: No es la de José González, esplendente cantante sueco con raíces argentinas, una música para todos los públicos. Ni de lejos.
Cuarta: Quizá no sean las horas centrales de la noche las mejores para presenciar un concierto del autor de la mejor versión posible del clásico de The Knife, “Heartbeats”. Comenzando pasadas las diez y cuarto de la noche, el sueño te puede llegar a vencer, pero, eso sí, en forma de mágica nana, de fantástico acurruque, de hipnótico bamboleo. Y lo que es mejor, sin oponer ninguna resistencia por tu parte.
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Quinta: Las cuatro anteriores y todo lo que ahora viene.
Es José González un virtuoso espectacular, un músico tremendo que logra un ambiente casi místico en sus conciertos. Lo comprobamos todos los hipsters, indies y gente normal que nos acercamos a adorarle hasta el centro de mi particular tierra prometida. Rodeado de talento por los cuatro costados (bongos, batería, guitarra y teclados), recetó hora y media de música arriesgada, en la que hubo lugar y tiempo para desde asombrar con fantásticas armonías vocales hasta hacerlo con retazos de la mejor música ambiental.
A mediados del por tantas cosas inolvidable concierto, González, solo en el escenario con su acústica guitarra, levitó durante diez minutos. Cuando me dejaba la pertinaz emoción, únicamente tenía ojos para buscar las, al menos, tres guitarras que a mí me parecía escuchar. Y solo había una.
Fecha: 21 de febrero de 2015.
Lugar: Sala Capitol (Santiago de Compostela).
 

Mucho más que una simple barba. El Meister en concierto

Antes de nada, reconoceré mis pecados. Primero, el mortal. Escucho, desde hace tiempo y con atención, a Arizona Baby y a Corizonas, pero reconozco que sin la emoción que la mayoría, aproximadamente doce de cada diez, encuentra en su música y sus canciones. Segundo, el venial. Hasta hace unas horas, lo único que envidiaba de Javier Vielba era su profética y descomunal barba. Ahora, además de aquella infranqueable mata de pelo, también me gustaría poseer, aunque solo por un rato fuera, su eterna sonrisa, su valentía para subirse solo a un escenario y su talento para hacer buenas canciones.
Pocas sensaciones mejores que aquella que habla de llegar a un concierto a dejarse sorprender. Había escuchado de pasada el disco del nuevo proyecto de Vielba, El Meister, pero, claramente lo reconozco ahora, sin la atención que se merece. Ayudado de programación electrónica, percusión, guitarra y toneladas de perenne buen rollo, el vallisoletano facturó un concierto que, en cada uno de sus extremos, agradó a los poquitos que nos acercamos al Potemkim a verle cantar.
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Hubo tiempo para todo. Para repasar esas profundas letras de “Bestiario”, su primera obra en solitario, dejar fantásticos y bohemios adelantos de próximas producciones, cantar romances castellanos y protagonizar versiones varias, desde ese fantástico “Sueño con serpientes”, de Silvio Rodríguez hasta “Autosuficiencia”, de Parálisis Permanente. Si es cierto eso de que los extremos se tocan, que claro que lo es, Vielba se situó en ese punto medio en el que dicen que está la virtud, ese en el que las churras parecen merinas y viceversa, ese mágico lugar en el que uno reconoce el buen hacer sin límite y en el que, otra vez, aparece el milagro de la música en directo.
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Fecha: 28 de noviembre de 2014.
Lugar: Potemkim (Salamanca).
Músico: Javier Vielba (guitarra, percusión, programación y voz).

Los cinco. Jero Romero en concierto

Sobre el escenario, cinco hombres en permanente estado de gracia. Tocados por la varita mágica del talento desmedido. Decir que Nacho García hace lo correcto a la batería sería sobrevalorar lo correcto hasta convertirlo en algo inalcanzable. Alfonso Ferrer es aún muchísimo mejor bajista que expresivo y contorsionista intérprete. Amable Rodríguez actúa siempre de perfil y eso solo queda para los elegidos. Charlie Bautista es lo mejor que le ha podido pasar a la música española. Y Jero Romero… Romero es la repera en verso, en esos versos que convierten sus canciones en fantásticas poesías.
Lo preveía, pero no viví un concierto normal en la mítica Joy Eslava la otra noche. Ni por ese comienzo, en el que el cantante toledano dedicó su actuación a los que hicimos algunos cientos de kilómetros para verlo, -¡gracias!-, y a los menores de edad que no habían podido asistir “quedándose en casa viendo en la tele cosas para las que sí están preparados”; ni por ese final, emocionante y emotivo a rabiar con cinco tipos estrujándose en círculo en el escenario, dándose las gracias por existir y por hacer lo que acababan de hacer.
Y en el medio, conciertazo con mayúsculas. En alguna entrevista reciente leí a un Jero Romero fino y certero hablar de que su segundo disco en solitario, el ya imprescindible “La grieta”, era obra de cinco tipos y no solo suya. Y nada quedó más claro en la inolvidable velada sabatina. Solo hizo falta disfrutar de los innumerables e inmensos momentos instrumentales que se gastaron en prácticamente todas las canciones que compusieron un repertorio tan completo como medido.

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Tuvo el detallazo Romero de presentar las canciones de su segundo disco y, para solaz y regocijo de propios y sobre todo de extraños, también las del primero. Esa segunda obra, “La grieta”, no la hace cualquiera. Se trata de un trabajo coral compuesto de pequeñas joyas llenas de aristas pero, en el fondo, vestido de claridad meridiana. Un riesgo no apto para todos los oídos, pero de sorprendente recompensa para el que lo atrapa. Sonaron todas. Y todas extraordinariamente bien, incluida esa maravilla titulada “Los columpios”, cancionaca de prodigiosa factura también en directo. Y el entregado público cantó, prácticamente y de principio a fin, la inmensa totalidad de las piezas que compusieron aquel fantástico “Cabeza de león”, aquel principio de todo, aquella mitad del círculo, aquel desinhibido ejercicio de inteligente sencillez.
Confirmaron Romero y su banda que, mal que algunos les siga pesando, no solo existe lo que más suena. Confirmamos todos los presentes que fuimos muy felices al escucharlos y que seguiremos, orgullosos, explicando a quien nos quiera oír quién es ese tipo de Toledo que nos hace sentir sin límite. “¿Que vas a ver a quién?”, sigan, sigan preguntando.
Fecha: 8 de noviembre de 2014.
Lugar: Joy Eslava (Madrid).
Músicos: Jero Romero (guitarra y voz), Charlie Bautista (guitarras, percusiones y voz), Amable Rodríguez (guitarras), Alfonso Ferrer (bajo) y Nacho García (batería).

Ríete tú de la canción protesta. Pedro Pastor en concierto

Delante de mí, dos veinteañeras se gritaban una a la otra: “Amo a la libertad, amo a la gente normal”. De repente, como pasan las cosas que pasan sin esperarlas, me encontré de frente con parte de esa generación que yo creía perdida. Allí, cantando completitas las letras de uno de los descubrimientos más esplendentes de los últimos tiempos. Coreando los temas de aquel fantástico “Aunque cueste contarlo” y también, para encantada parálisis mental del que suscribe, del novísimo “La vida plena”. Pero, ¿cómo es que lo conocéis? Quise preguntar uno a uno a los miembros de aquella entregada hinchada que hacían más del centenar. Mas pensé que el recién llegado era yo y por ello decidí regocijarme en la bendición de las redes sociales, en la maravilla del boca-oreja, en la cibernética vuelta a los clásicos orígenes. Sería grandilocuente si dijera que recuperé la confianza en el ser humano. Ya lo he sido.
Dudo si Pedro Pastor ha cumplido los 20 años, pero sé que los 21, no. Una de sus canciones habla de la generación del 94. Echo cuentas, las mías, y me echo a temblar. Pero a la vez me maravillo al verle disfrutar ante una audiencia entregrada. En mi ciudad, sí, en mi propia ciudad, esa que yo siempre veo dormida, pasiva, resignada. Cautiva y desarmada. La otra noche no la viví así y a Pastor se lo agradeceré mientras pueda. No se me fue la sonrisa en hora y media de concierto. A veces, la tonta; las más, la dichosa por no haberme perdido lo que en otros tiempos resultó tan absurdamente prescindible.
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Ríete tú de la canción protesta. Pedro Pastor es ese mismo que en sus canciones da caña hasta al más pintado. Ese que cuenta las verdades del banquero, el que canta las cincuenta a todo bicho viviente. El que denuncia la indignidad que nos rodea. El que reconoce su complicidad con esa vergonzante situación. El que se niega a dejar de soñar con algo mucho mejor. El autor de un potentísimo discurso que cae, ya bien entrada la madrugada, como el rocío mañanero sobre veinteañeras cabezas dispuestas a pensar escuchándole. Ese que recupera el nombre de Pablo Guerrero, abuelo, por edad, de la mayoría de los presentes. Ese mismo.
En algunos momentos del concierto solo faltó el babero en el escenario. El chaval miraba a sus padres, el mítico Luis Pastor y la canaria Lourdes Guerra, hermana del monumental Pedro, con toneladas de admiración. Ellos, artistas y librepensadores, ignoro si en ese orden o más bien en el contrario, observaban a su criatura con quintales métricos de orgullo. Ganas me dieron de subir a la tarima a limpiar las babas más emotivas que en tiempo han visto mis ojos. La casta, de la buena, y el galgo. El maravilloso círculo se cerró con la palabra del hermano salmantino, Suso Sudón, brutal rapsoda, con puntos y comas por imperiales banderas de locuaces ejércitos plenos de puro arte.
Debería poder ganarse la vida Pedro Pastor haciendo lo que tan bien hace. Si no fuera así, el fracaso sería tan insoportable como nuestro.
Fecha: 23 de octubre de 2014.
Lugar: Sala Music Factory (Salamanca).
Músicos: Pedro Pastor (Guitarras y voz), Marcos Bayón (Guitarra y coros), César Bayón (percusiones y coros). Invitados: Lourdes Guerra y Luis Pastor (coros), Suso Sudón (voz).
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Ebrovisión: Y eso que no probé las delgadillas

La última vez que pasé por Miranda de Ebro olía mal, muy mal. Ahora, huele normal y suena espectacular. Cuestión de sentidos. Finalizó mi particular verano de bautismo festivalero con una cita a la que, cual vulgar McArthur, aseguro volver. Hace cuatro semanitas, en las aguas del esplendente Duero; pocos días atrás, bañado por las del imperial Ebro. Siendo pequeño me enamoré de Burgos. Confirmo que, en la meta volante de mi adolescencia inacabada, el asunto continúa.
Yo de mayor quiero hacer un festival como el Ebrovisión. Fuimos muchos, afortunadamente, mas pocas apreturas pasé. Noté, desde antes del minuto uno, que aquello era muy del pueblo, que la gente de Miranda lo vive como algo muy suyo y que la ocupación foránea no es más que el añadido perfecto para la idílica fiesta. La organización, por lo tanto, perfecta. El hecho de que las únicas quejas vinieran por la escasez de “delgadillas”, pequeñas morcillas típicas que no pude llegar a probar en la comida popular del sábado, prueba el cuasi estado de éxtasis que allí vivimos los privilegiados. Infernal calor aparte, eso sí.
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Y, musicalmente, pues bastante bien, la verdad. Vi casi todo lo que se pudo ver en el Multifuncional de Bayas tanto el viernes como el sábado. Y lo que no vi fue gracias al arte de ese DJ llamado “Panoramis”, que hizo bailar al personal como si no hubiera mañana en la vecina carpa electrónica. Ese detallazo con el que finalizó su sesión sabatina, el imprescindible “A un metro de distancia” de Deluxe, aún resuena en mi memoria y en mis tobillos, y no necesariamente por este orden.
En realidad, a Miranda fui porque me invitó mi amiga pródiga y porque tocaban Vetusta Morla. Pelín saturado acabé hace tres años tras dos directos casi consecutivos, pero la compulsiva escucha de su fantástico tercer disco recuperó mi empeño. Confirmaron en su concierto del sábado, -el primero de la historia del festival para el que se agotaron todas las entradas-, que son los amos del calabozo y los guardianes de la galaxia. Que si dicen que nos tiremos por un puente, allá vamos. Sin embargo, volví a tener la misma sensación que hace años. Esa que me dice que no acaban de gestionar del todo bien el tremendo ruido que son capaces de hacer. Ahora, eso sí, la emoción de sus clásicos y la reivindicación de la lucha indignada de su última entrega, valen por casi todo.
Me gustaron, bastante, Belako y mucho, la arrebatadora energía de los noruegos Kakkmaddafakka. Si los nórdicos eran fríos que vuelva Thor para verlo. Sigo sin poder con El Columpio Asesino, pero será cuestión mía. En directo, Izal tienen su público y definitivamente yo no estoy entre ellos. En cambio, disfruté con León Benavente porque es imposible no hacerlo y porque han facturado el mejor disco de los últimos tiempos, aunque tuve la impresión de que se les está haciendo algo largo el verano y que una sala mediana, donde también les he podido disfrutar, es su ámbito natural de éxito. Aún así esa traca final, con “Ánimo valiente”, “La Palabra” y ese incunable llamado “Ser Brigada”, es completamente imbatible.
Detalles interesantes de algunos otros, como el particularísimo Carlos Sadness al aire libre o Second en la sesión acústica de la coquetérrima Fábrica de Tornillos, donde, por cierto, Julián Maeso se cascó un señor concierto lleno del mejor soul y la mejor música americana al mediodía del sábado.
Y, sin duda, y en mi modestísima opinión de imberbe advenedizo, lo mejor lo dejaron dos grupos del mismo pueblo. En Getxo, concretamente en su Puerto Viejo, se comen las mejores gildas de la historia. Y, es muy probable, que allí se junten dos de los mejores grupos de este tiempo y de estos estilos ausentes en odiosas radiofórmulas y carentes de millonarios derechos de autor. El concierto de Smile fue simplemente fantástico y su última entrega, aquí abajo, entre el público y sin trampa ni electricidad, sencillamente glorioso.
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Broche de oro, guinda al pastel. Ningún tópico es suficiente para ilustrar el inolvidable final del Ebrovisión 2014 a cargo de We Are Standard. Después de mandarnos a todos a escardar cebollinos, perdoné a Deu Txacartegui al llevar su particular “txufla” a la máxima expresión jamás conocida. No recuerdo haber saltado tanto jamás, fuera de mis modestísimos flirteos baloncestísticos. Desperté, y sigo despertando días después, a las 7:45 con el irrefrenable ritmo del maravilloso “Bring me back home”. Cansado, pero contento. Muy cansado, pero muy contento.

El tipo que hacía cantar al viento. Jorge Drexler en concierto

drexlerEs Jorge Drexler ese tipo amable y educado que deja el sentido del ridículo a un lado en el primer segundo de su fantástico recital. Al son de una programación electrónica de penúltima generación, él y sus tremendos muchachos salen al escenario interpretando un baile muy particular en el que se dejan ver las únicas imperfecciones de toda la noche. Se le notó feliz al grandioso poeta y mejor cantante uruguayo en el plateresco patio del Colegio Fonseca. No ha de ser para menos. Uno, en sueños, se imagina sobre ese escenario y solo lo hace dando gracias a quien sea por poder actuar en similar lugar. Drexler lo agradeció sin parar.
Debe ser complicado superar una obra maestra. Incluso difícil convivir con ello. Drexler hizo el disco redondo con el que, supongo, sueña todo creador cuando facturó el perfecto “Eco” hace justo ahora diez años. Reconozco que, colmado mi nivel de placer, me desenganché de su producción posterior. Después de disfrutar con él la otra noche en Fonseca, solo me queda reconocer mi error y encomendarme a aquello tan postmoderno de que no hay Spotify que cien años dure.
Sonaron varias de las canciones del disco que ahora presenta el cantante uruguayo, “Bailar en la cueva”. Y sonaron espectacularmente bien. Apoyado por unos músicos con ritmo por sangre en las venas y con un monumental Martín Leiton dominando toda la ventosa noche con su bajo eléctrico, Drexler cantó y contó. Y escuchándole deseé conocer el Cabo Polonio, vivir el carnaval de Cádiz, viajar a ese punto ciego de la pena que es la venezolana isla de Rasquí y hasta entrar en Bolivia algún día. Y lloré, también ayer, con la letra de la “Milonga del moro judío“, probablemente el mayor alegato jamás escrito en contra de la guerra, de cualquier guerra, pero sobre todo de esa que ahora mismo provoca toneladas de pena y quintales de indignación.
Es Jorge Drexler ese tipo que puede hacer cantar al frío viento reinante en la noche mágica, ese que acepta peticiones del oyente, ese que, bordeando la cincuentena de extraordinaria manera, otorga el verdadero valor al piropo sincero y sentido. El mismo que disfruta haciendo disfrutar. Ese capaz de superar las obras maestras.
Fecha: 29 de julio de 2014.
Lugar: Patio del Colegio Arzobispo Fonseca, Salamanca.
Músicos: Jorge Drexler (Guitarras y voz), Martín Leiton (Bajo eléctrico), Borja Barrueta (Batería y percusiones), Sebastián Merlín (Percusiones y guitarra) y Carles “Campi” Campón (Programación y percusiones).

"Pleno al quince". Ricardo Vicente en concierto

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Por un momento sueño y me pongo en el lugar de Ricardo Vicente. Sueño, aclaro, porque ni idea tengo de encajar acorde tras otro y mucho menos de cantar con cierto decoro. De escribir un poco más, pero no canciones precisamente. Soy, insisto que por un solo mágico instante, Ricardo Vicente. Voy, camisa, pantalón azul, bigote y barba, me subo al escenario, miro al frente y veo a quince personas delante de mí. Un acérrimo seguidor del sentimiento trágico de la vida, hablaría de poco más de diez. El optimista redomado aseguraría que se superaba la veintena. En el medio, donde la virtud, quince. Contados.
Decido salir del cuerpo de Richi llevado por una sensación limítrofe al norte con la frustración más pertinaz, al sur con la brutal desesperación, al oeste con la salvaje incompresión y al este con la puerta del baño. Y desde allí, muy cerca del váter y ya en cuerpo mortal,  disfruto con el arrojo, el valor y el inconmesurable talento de este aragonés inventor de canciones y descubridor de las más variadas emociones.
Y es capaz, además de tocar y cantar pequeñas joyas, de reír, de alabar a su escogidísima clientela y de agradecer, de modo sincero, la atención prestada. Anda Richi, profesor de Filosofía en sus ratos libres y hombre del Renacimiento siempre, dando la vuelta a España presentando su libro “¿Qué haces tan lejos de casa”? y su disco de idéntico título. Suenan francamente bien sus nuevas creaciones, con especial mención a “Era tan bello veros caer”, “Langostas en el Nilo” y ese especial homenaje a John Houston con el que cierra el disco. Lamenté profundamente que no hubiera lugar para ese primor llamado “La parte más feliz”, pero todo quedó subsanado al escuchar, agradecido y emocionado, una de las mejores canciones que en los últimos tiempos han sido, “El palacio de los gansos”. “El que esté más triste gana / hay que llegar al final / yo te paso esta pantalla / y te hago una vida más”, oí y fui muchísimo más feliz que antes. Dónde va a parar. Recuperó Ricardo Vicente de aquel fantástico “El problema de los tres cuerpos” un par más de bellísimas canciones y otras no peores del disco que compuso con su inseparable Francisco Nixon.
Y, en esto, acabó Richi. Y los quince sonreímos.
Fecha: Viernes, 21 de marzo de 2014.
Lugar: Sala Plan B, Salamanca.
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"¡Viva la Geografía!" León Benavente en concierto

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Para un loco de los atlas como quien suscribe un grupo que se llame León Benavente ya tiene mucho más que su aquel. Pero si además, sus canciones están plenas de referencias geográficas, la gracia pasa a fatal atracción. Una vuelta completa a España, con incursiones en Francia, Portugal y hasta Gibraltar, se puede dar tan solo escuchando las espléndidas letras que salen de la boca del espídico Abraham Boba.
Alrededor de trescientas personas nos reunimos la otra noche para disfrutar con uno de los grupos de moda de la escena alternativa nacional. Seríamos los trescientos que en Salamanca conocemos de sus andanzas. Cuánto daño ha hecho Radio 3. En realidad faltaba alguno, pero la feroz competencia de la familia Alcántara y su “Cuéntame” provocó tres o, a lo sumo, cuatro estragos. Y eso que el concierto comenzó con relevante retraso, hasta coincidir, más o menos, con la última tragedia protagonizada por Antonio y su traicionada Milano.
Muy pocas veces una horita escasa de concierto dio para tanto. El sonido que León Benavente logra es mucho más que profesional, solvente es adjetivo que se queda extremadamente corto y apasionado anda mucho más cerca de la realidad. La potentísima base rítmica que consiguen no evita, sin embargo,  que puedas fijar tu oído en la brillantez de las letras de Boba, personaje por lo que se ve, imprescindible ya en la música patria. “¿De qué nos sirve luchar si nunca haremos historia?” canta y tú vas y te lo piensas mientras eres incapaz de mantener los pies en el suelo.
Con un repertorio limitadísimo, el que por ahora tienen, y hasta con una versión de Ilegales, completaron sesenta y pocos minutos de densa exhibición. La recta final del concierto, un imparable alud protagonizado por “Ánimo valiente”, “La Palabra” y la ya inmortal “Ser Brigada” solo sirvió para ratificar que estamos ante el segundo mejor directo del momento en España. Al primero, y sin fumar, aún lo espero.
Fecha: 6 de marzo de 2014.
Lugar: The Irish Rover. Salamanca
Músicos: Abraham Boba (teclados, guitarra y voz), Luis Rodríguez (bajo y voces), César Verdú (batería) y Edu Baos (guitarra y voces).

"El hombre de todas partes". Xoel López en directo

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Salí del funcional recinto Espacio Vías de León con la sensación de haber descubierto por fin a ese tipo al que se refirió en tiempos Guardiola con aquello del puto amo. Solo habían pasado tres semanas desde que había visto a Xoel López en Salamanca como auténtico músico del Renacimiento manteniendo imparable el ritmo de un concierto en solitario y, en los albores del nuevo año, disfruté aún más si cabe de su versión eléctrica.
Estamos, probablemente, ante el tipo con más talento del panorama musical nacional. Capaz de reinventarse sin rencores hacia su pasado más y menos reciente y de recetar auténticas piezas de culto en sus últimos discos: De “Fin de un viaje infinito”, la inmortal “El amor valiente”, de “Reconstrucción”, la sideral canción que le da título y de “Atlántico”, esa maravilla llamada “Tierra”. Todas ellas sonaron, mejor que nunca, en el concierto de León y lo hicieron ante un público emocionado del que también formaban parte nombres de la escena patria como Alejandro Díez Garín, “Cooper”, Juan Marigorta o el también imprescindible Fabián, al que su privilegiada altura posibilitó disfrutar del concierto desde las últimas filas.
Pese a los primeros “petardazos” provenientes de la guitarra acústica de Félix Arias, el concierto demostró el fantástico estado de forma e inspiración del cantante coruñés que se rodea en el escenario de amigos de toda la vida. Y se nota. Además del propio Arias, la alineación titular la completan David Quinzán al bajo, Fernando Lamas a la batería y la versátil argentina Lola García Garrido a la percusión, teclados, coros y cómplices miradas. Arias y Quinzán, por cierto, con brillantísimos discos también en solitario. Arias, para cerrar el círculo, compañero de López en ese precioso experimento llamado Lovely Luna, del que recuperaron, para solaz de familiares y amigos, la aparentemente sencilla y decididamente bella “Parando el tráfico”.
Fue el concierto una pequeña radiografía de la fantásticamente ecléctica carrera de Xoel López, primero como Deluxe y ahora con su propio nombre, siempre con él en primera persona. Hubo guitarras poderosas, teclados más o menos oscuros, ukeleles y triángulos, tiempo, mucho y feliz, para la improvisación y, en general, sensación de buen rollo, plenitud y diversión fuera y dentro del escenario. De la voz del propio Xoel se pudo escuchar a Chimo Bayo, Las Ketchup y hasta Beyoncé… No digo más.
Obviamente el concierto se centró en “Atlántico”, la última joya de Xoel, con una versión demasiado larga en mi modesta opinión del “Asaltante de estaciones”, pero con esa mezcla de realidad y ficción que personalmente me atrapa. Es decir, canción perfectamente reconocible porque la has oído cientos de veces en el disco, pero con el toque que solo le puede dar un directo, con lo de imperfección y brillantez que solo tiene ese instantáneo momento que no se puede repetir.
Receta Xoel López canciones de autoayuda, de esas que parecen escritas solo para ti, para mí en este caso. Escucharlas a dos metros de distancia no tiene precio.
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Buenos Aires
Hombre de ninguna parte
La gran montaña
Parando el tráfico (Lovely Luna)
Por el viejo barrio
Pájaros negros (Deluxe)
La boca del volcán
Joven poeta
El amor valiente (Deluxe)
Desafinado amor
El asaltante de estaciones
Reconstrucción (Deluxe)
Réquiem (No fui yo) (Deluxe)
Tierra
Historia universal
Caballero (Bis)
De piedras y arena mojada (Bis)
Fecha: Viernes, 3 de enero de 2014.
Lugar: Espacio Vías (León).
Músicos: Xoel López (voz, guitarra y teclados), Félix Arias (guitarra), David Quinzán (bajo), Lola García Garrido (percusiones, melódica, teclados, coros)