Mateo Falgas

La canción de las 18:12. Ocurre a veces; no tantas, no os creáis. Y cuando pasa es sencillamente maravilloso. Casi inexplicable. Busco música, como casi todos los días; ya sabéis, nueva, buena, de aquí cerca y, a poder ser, poco conocida, pero hoy, hace solo un rato, el dedo índice de mi mano derecha ha pinchado en el ratón sobre un nombre concreto de manera absolutamente autónoma. Solo guiado por mi estado de ánimo. Necesitaba, sin saberlo, descubrir a Mateo Falgas, madrileño nacido en Londres, cerca ya de la treintena. Su música es encantadora. Este Niño, más.

Doctor Bacterio

La canción de las 15:12. Francisco Ibáñez, tristemente desaparecido el año pasado, está en lo más alto del podio de mis ídolos de juventud. Uno de los más grandes, sino el que más. Llamar a tu grupo Doctor Bacterio solo refleja, además de algún problemilla de derechos para no utilizar la palabra profesor, el mejor de los gustos. El que tienen Fernando Navero y Raúl Liébana, jienenses de Martos, y el que les sobra para cantar a la Universidad Occidentalizada, con lo complicadas que son ambas palabras para rimar y tal. Hay que ser osado y creer que las cosas, por surrealistas e imposibles que parezcan, pueden salir adelante. Justo, justo, como hacía el inolvidable profesor Bacterio.

Candela Gómez

La canción de las 15:01. A vuelta con los prejuicios. Leo el nombre de Candela Gómez y, antes de pinchar en algo titulado Amores de cuchillo, pienso. Mal. No que piense mal, que también, sino que pensar siempre estuvo sobrevalorado. El caso es que me espero (también mal eso de esperar) una chica con ukelele cantando a la primavera en el campo. Y no, todo lo contrario. Candela tiene 18 años y suena a todo menos a una tarde primaveral en el campo.

Dharmacide

La canción de las 15:43. Pasaba y repasaba por un grupo llamado Dharmacide, pero nunca me decidía a pinchar. Juraría que un día llegué a llamar a su puerta, pero nadie me abrió. Imagino que, ignorante, les tomaría por el último grupo con ínfulas procedente de la siempre burbujeante escena musical de Colchester. Este mediodía, vi la puerta entreabierta y, sin preguntar por nadie, entré. Cinco chavales, René, Salvi, Hoppi, Conrado y Pedro, haciendo muy buena música desde Madrid. Las apariencias, ya. Los prejuicios, tal.

J

La canción de las 16:08. Sé que llego tarde; tanto como que no me he comido ninguna letra en el titular de este post. J es, claro, Jota; Jota Planetas. A mediados del año pasado, al líder de Los Planetas le dio por poner texto y música al extraordinario archivo del inclasificable cineasta Iván Zulueta, director de la más que transgresora Arrebato. Tormenta eléctrica podría formar parte de cualquier disco planetario que se preciara y eso, desde que tengo uso de razón musical, es siempre bien.

Vicente Calderón

La canción de las 15:42. He preferido compartir hoy esta joyita punk rojiblanca de los Vicente Calderón porque mañana, a última hora de la noche, me pasaré por el cine para evitar dramas televisivos. Desconozco el grado de pasión futbolera de Ángela, Iker, Rafi, Elena Julián. La mía disminuye con la edad, pero reconozco que en el extinto Calderón pasé buenos ratos. Alguna vez escuché hablar de las 3 “des” de cualquier periodista que se tercie: divorciado, dipsómano y depresivo. No reconoceré en público las que cumplo. Tampoco lo de dinero, droga y documentación, pero sí contaré que la otra noche me desapareció la cartera. Atad cabos.

Gorka Urbizu

La canción de las 14:24. Me sorprendo preguntándome si me gustan las sorpresas. Busco una respuesta medianamente sorprendente que resulta que me agrada: lunes, miércoles y viernes, no. Martes, jueves y sábado, sí. Los domingos, snooker mediante, descanso. Gorka Urbizu anunció, por sorpresa, la disolución de los imprescindibles Berri Txarrak hace cuatro años. Ayer, sin hacer ruido, lanzó su primer disco en solitario. Hasiera bat (Un comienzo) suena fenomenal. Entiendo menos de lo justo, pero lo suficiente para atisbar influencias de algunos de los mejores catalanes del momento, El petit de Cal Eril o Ferrán Palau, por ejemplo, y la sorpresa inicial torna en satisfacción absoluta.