22 de abril. Terbutalina

La canción de las 15:17. No me fui y, sin embargo, regreso. Pasé los días de santo asueto como quien ve llover y, de tanto que tenía, no encontré tiempo para compartir música. Al no tenerlo ya, vuelvo a los andadas. La terbutalina es un fármaco del grupo de los, literal, agonistas, recomendado para aliviar el asma o la bronquitis. No tenían otro nombre estos chicos gallegos para su grupo de música. En todo caso, alguien que nace en la ría de Muros y de Noia puede hacer lo que le venga en gana. Con evidentes influencias de los mejores Ronaldos y toneladas de mala baba, regreso con este “Marisco barato“, porque haberlo, haylo. Al mar gallego, esto es, al puñetero paraíso, habrá que volver pronto.

17 de abril. Paul Fuster

La canción de las 18:16. Paul nació en Minnesota y, como tal, tiene pinta de yanqui. Conocí, de oídas por supuesto, mucho antes a su padre que a él. Paul es hijo del célebre cardiólogo catalán Valentín Fuster, uno de esos tipos indispensables que alargan la vida de las personas. Paul vive desde hace años en Cardona, un pequeño pueblo barcelonés del que procedía su madre. Canta tanto en catalán como en inglés. En ambos idiomas, muy bien. Hoy lo comparto en versión sajona, como el genitivo; mañana, Dios, o su padre, proveerá.

16 de abril. Rafael Berrio

La canción de las 19:31. Regreso a la música de Rafael Berrio, artista inclasificable, siempre que inclasificable signifique maravilloso. Descubrí tarde a este brillante donostiarra, del que me encantó aquel “Mis ayeres muertos“. Ahora que acaba de sacar un nuevo disco, corro a escoger lo que más me gusta de él. Y son muchas canciones bellamente imperfectas, pero considerando que en esta se me aparece hasta Van Morrison, no tengo demasiadas dudas. Ah, se me olvidaba: la casi perfecta voz femenina que le acompaña es la de Virginia Pina.

15 de abril. Paracusia

La canción de las 14:12. Acudo al diccionario de la RAE como el que va a una farmacia de guardia y, de mi frustrada visita, regreso como el que busca una iglesia abierta de madrugada. Siempre pensé que serían necesarios templos de guardia. Nadie me hizo caso nunca. A lo que voy. La palabra paracusia no es contemplada por los académicos de la Lengua, pero los otros, los de Internet, me aclaran que se trata de una patología auditiva. En realidad, en este caso me interesa la acepción musical. Tres chicas y dos chicos hacen música envolvente desde Madrid. Y yo, a falta de iglesia de guardia, me dejo envolver.

El milagro de Aranjuez. Rufus T. Firefly en concierto

Asistí a la momentánea despedida de Rufus T. Firefly con ánimo de encendida gratitud y esperanza de desbocada emoción. Los chicos de Aranjuez son ejemplo auténtico de amor por la música y demostración de casi infinito talento. Verdaderos jornaleros de la música, chavales con otros trabajos además de sus canciones, que nunca han desistido hasta lograr lo que han conseguido: hacer uno de los mejores discos de la década en España (Magnolia, 2017) y convertirlo, junto al añadido de Loto (2018), en uno de los más sobresalientes directos de la escena nacional. Por lo tanto, para empezar, gracias indisimuladas y enhorabuenas ilimitadas.

Llenamos, con semanas de antelación, La Riviera madrileña. Víctor Cabezuelo, líder, cantante y cabeza pensante de la formación, ya había advertido que no dirían ni una palabra durante las dos horas y cuarta que duró la sentida velada. Que literalmente no podían por la emoción que sentían al ver que su sueño se había convertido en realidad. Y se les veía en el rostro. Antes, durante y después. Y no son de mentir. Son de dar amor. Y punto.

Aprovecharon el inicio del espectáculo para agradecer, por escrito y por gigante pantalla plana, estos dos últimos años a todo el mundo. Y servidor se dio por enterado y solo acertó a decir para sus adentros: “De nada. Solo faltaba. Con lo bien que me lo he pasado con vosotros”. Y sonaron, una tras otra, y en mágico formato de cuatro actos, las 18 canciones (19 con el mágico y ya tradicional añadido de “Pompeya“) que conforman esa mágica doble entrega llamada Magnolia y Loto.

Y, sinceramente, no todas sonaron todo lo bien que su perfección merece. Sería esa Riviera que alguna que otra noche suena a lata, serían los nervios de la noche o quizá que la apuesta musical de los Rufus es tan arriesgada que ecualizar de manera sobresaliente tanto sonido se hace, a veces, misión imposible. Afortunadamente les he visto pletóricos en algún que otro escenario mejor sonorizado, o sea que sé perfectamente de todo lo que son capaces.

Tampoco me pareció lo más acertado no presentar de viva voz a los formidables invitados que se pasaron por el escenario entre acto y acto haciendo versiones de los anteriores, también sobresalientes, discos de los Rufus. Casi todo el mundo conoce ya a Alice Wonder, nadie con dos dedos de frente discute que Nina, la cantante de Morgan, posee la mejor voz femenina del momento, y a estas alturas se sabe perfectamente que Manuel Cabezalí y Zahara hacen cada noche preciosidades como la que ayer dejaron para la eterna posteridad allí en La Riviera.

Es más, no sé si todo el mundo en la atestada y emocionada sala fue muy consciente de que un animal con melena, barba y bigote llamado Julián Maeso fue quien dio una lección al teclado en la espectacular versión, de lo mejor de toda la noche, que hicieron de “Cristal Oscuro“. Por cierto, otro de los invitados, el baterista Carlos Pinto acompañó también al grupo en esa brillantísima versión extendida y más de uno echó una lagrimita pensando que tres excomponentes de los Sunday Drivers; el otro, por supuesto, al bajo, Miguel de Lucas, volvían a compartir escenario.


Resultaron muy emocionantes canciones ya justamente elevadas a la categoría de himnos como “Magnolia“, “Nebulosa Jade” o la brutal “Río Wolf” y confirmamos que no hay batería en España como Julia Martín-Maestro ni grupo al que se le oiga mejor y más imperial el portentoso bajo.

Terminaron fundidos y a punto de la lágrima los chavales de Aranjuez. Como símbolo de despedida acabaron arrojando al público los psicodélicos fulares que han servido para cubrir sus sintetizadores durante dos años de éxito, tan relativo en términos absolutos como absoluto en todos los demás términos. No acerté a ver qué hicieron con ese pequeño dragón tan simbólico como cabalístico que situaban noche tras noche, ayer también, sobre uno de aquellos teclados.

Nos dijeron adiós y nos despedimos con el mayor y más profundo de los agradecimientos. Dicen que volverán haciendo cosas muy diferentes. Les creo tan capaces que agotaré la espera disfrutando del regusto que deja el milagro de unos chicos normales de Aranjuez.

11 de abril. Lígula

La canción de las 20:11. Tiene la voz de Ignacio, imagino que Nacho, Fernández un temblor característico que domina toda la música que hace este septeto madrileño llamado Lígula. Acaban de sacar su segundo disco al mercado y han cambiado, dicen, el inglés por el español. No escuché nada del primero, mas sí el nuevo; bello en fin. No me los imagino en inglés, ciertamente. Su música está hecha, como ocurre tantas veces, para el castellano más sentido.

10 de abril. Amigos imaginarios

La canción de las 15:33. Hablo, a diario, con amigos imaginarios. No existen, pero me hacen la vida más sencilla. No me piden demasiadas explicaciones y sólo les cuento lo que necesito contar. Los cambio por otros nuevos cada semana, salvo a uno que, directamente, no me pregunta nada. Santi Campos es el líder de Amigos imaginarios, proyecto tan pequeño como hermoso. Después de algún que otro lustro de silencio, acaba de sacar un nuevo disco. Pero hoy viene aquí porque esta noche le voy a ver de cerca, en directo, e intuyo que me voy a emocionar. Le pregunté si iba a tocar esa joya llamada “Entre la tormenta y el aguacero” y me dijo que no. Por contra, me conformaré, feliz cual lombriz, con este precioso “Cabos sueltos“. Que no es cualquier cosa, sino todo lo contrario.

9 de abril. Delbosque

La canción de las 15:28. No hay duda. Una de las mejores canciones que escuché en todo aquel tormentoso 2016 fue Canción para odiarte, un auténtico himno parido por los onubenses Delbosque. Tres años después, son ellos mismos los que me escriben para hacerme partícipe de su nueva criatura. Soy muy bien mandado, pero aún más exigente y si vuelven a pasarse por aquí es porque este ¡¿Sí o no!?, así con compulsión de interrogaciones y exclamaciones, también me gusta. E intuyo que cada vez lo irá haciendo más.

8 de abril. Malachi Estéreo

La canción de las 15:27. Efectivamente, todo el mundo sabe cómo hacerlo. Lo digo yo y lo cantan, ojito a los nombres, Zorro Marrón, Albert Julve y Bob Gonzales. Deben vivir en Barcelona, aunque algún tonillo argentino tienen, y atienden por el chanante nombre de Malachi Estéreo. Los que mejor les conocen dicen de Malachi que es “rock, es duro, un balonazo en las bolas y es bizarro”. No seré yo, que casi no sé hacer nada, quien les lleve la contraria.

Un gigantesco rumor.
Fabián en concierto

¿Qué a quién dices que vas a ver?“. Me pregunto cuántas veces tendré que seguir contestando a esa pregunta cada vez que digo que voy a un concierto. Con Fabián siempre me ha sucedido. Todas las veces que le he visto. Todas las veces que he sido feliz disfrutando de uno de los mejores letristas y compositores del país. Pues es un chico de León, alto para su edad, digo. Y muy bueno.

Estuve ayer en el estreno de su disco en Madrid; bueno en realidad, en el debut en directo de esa estupenda maravilla titulada “El rumor de los tiempos”. Y no lo pasé tan bien como en otras ocasiones, aunque mucho mejor que en la inmensa mayoría de los momentos de mi vida. Desde la distancia, noté al gigante Fabián algo nervioso, más tenso que de costumbre, con problemas de afinación y alguno que otro de sonido a través de su oído derecho. Y, como así lo vi, así lo escribo.

Sería porque era la primera vez que mostraba en público a su sexta criatura, porque casi ninguno de sus compañeros de generación (Marwan, Manuel Cuesta, Txetxu Altube, Zahara, Andrés Suárez, Edu Vázquez o Willy Naves) se lo quiso perder, porque no se encontraba demasiado cómodo con su traje de señor mayor o, directamente, porque entre el público estaban sus afortunados padres, aquellos triunfadores de algún disco pasado.

Eso sí, sonaron perfectas algunas de las canciones que forman parte de su última entrega. La que le da título para empezar y otras espléndidas como “Artista“, “San Juan“, la valentísima “Venlafaxina” (¿cuándo seré capaz de decir yo lo que canta Fabián?) y, especialmente, “El Rey Pescador“, preciosa joya ya en el disco, aún más si cabe en directo.

Eché en falta algún clásico más, hubo tres o cuatro mal contados, pero siempre me sucede lo mismo con Fabián, dueño de un bellísimo cancionero lleno de algunos de los mejores poemas musicados de la última década en España. Eché de menos, igualmente, ese ratito acústico de sala pequeña y emoción enorme; justo cuando el gigante leonés demuestra también lo fenomenal guitarrista que es.

Por contra, disfruté de lo poderosas que suenan ahora algunas de esas canciones tranquilas electrificadas hasta el más bello de los extremos.

Releo lo escrito y parece que lo pasé mal. Todo lo contrario. Emocionarme con la música no tiene precio y en la fresca noche madrileña lo volví a sentir. Será que Fabián se ha hecho mayor y yo demasiado exigente.