Después de Carolina, hablemos del durante

El viernes pasado se alinearon los planetas. Literal, que dice la chavalada ahora, pero con la certeza del adjetivo que tanto escasea cuando sale de sus bocas. A Los Planetas llegué tarde. Cuando apareció el Super 8 que ahora tanto canturreo, yo pasaba de los veinte, no como los que atracaron a Sabina, pero andaba gozándola con aquella música celta que me voló la cabeza durante mi aún inacabada adolescencia.

A los Carolina Durante llegué pronto, muy pronto incluso, justo cuando los del PP votaban a Ciudadanos, y su exitazo descomunal del viernes, la misma noche en la que se alinearon los planetas, casi me llega tarde, ya cuando los de Ciudadanos (DEP) votan a Vox, Trump mediante. Pero llegué, que dicen que es lo que importa.

Sonaron regular, claro, pero nadie suena bien en el Movistar Arena, ese antro gigantesco que cambia de nombre al mejor postor y en el que servidor no escuchó bien ni a dios todopoderoso, esto es, Eric Clapton, meses antes de que el fuego hiciera añicos el recinto madrileño de la calle Goya. Sonaron regular, insisto, pero fue muy emocionante sentirse partícipe de un fiestón para chavalas y chavales en el que nadie pidió el DNI para entrar.

Escuché gritos, canciones enteras coreadas y vi, sobre todo vi, cientos, miles de rostros alegres, incluido el mío y eso, con la que está cayendo, especialmente sobre la chavalada de hoy en día, no tiene precio. Diego, Martín, Mario y Juan acechan peligrosamente la treintena y pertenecen a esa generación maltratadísima que asume, como puede, que, por primera vez en tres, va a vivir peor que sus padres e incluso mucho peor que sus abuelos.

En mi nueva vida tengo la inmensa suerte de convivir con personas de su quinta, esos que trabajan como lo hacíamos nosotros a su edad y cobran mucho menos porque todo es mucho más caro. Gente que ni idea tiene de cuándo podrá alquilar, comprar está en la utopía de Tomás Moro, una casa para vivir solo. Personas que, al sufrir un desengaño amoroso, regresan a casa de sus padres con una dignidad que ya la quisiera yo para el que escribe. A esos, y un poco también a mí, van dirigidas las canciones del cada vez más inspirado Diego Ibáñez.

Contra el supremacismo edadista

Detesto el supremacismo edadista consistente en cargarse un par de generaciones porque sí. ¿Qué habríamos hecho nosotros, gente de entre cuarentaymuchos y cincuentayalguno, si hubiésemos tenido al alcance TODO en una pantalla y en nuestra misma mano? Yo, al menos, ni idea, porque me sucede ahora y el enganche al móvil es, a ratos, insufrible. ¿O es que fueron mucho más listos los que, en nuestras generaciones, se engancharon a las drogas? ¿Queréis que llame a mi exmujer para que os cuente los innumerables pacientes que recibe con cabezas destrozadas después de vidas aparentemente perfectas? O, qué coño, ¿me miro yo al espejo y me sostengo la mirada con el único objetivo de creerme eso que me dice repetidamente mi psicóloga de cabecera: hicimos lo que pudimos? Pues eso. Lecciones; de menisco, si acaso.

Afortunadamente, también me junto en mi nueva vida, algunos vienen de la anterior, con profesionales de la enseñanza a los que tendríais que escuchar cómo hablan de los chavales que vienen. No, insisto, no me interesan los que sentencian a críos imberbes; sí aquellos, en cambio, que me hablan de familias desestructuradas y de claustrofóbicas realidades en casa, pero también de esfuerzo, de talento, de sonrisas y de, de nuevo, “hacer lo que se puede”.

Unos y otras lo pasaron en grande viendo el conciertazo de los Carolina Durante este viernes en Madrid. Si fue un hito generacional, lo dirán en unos años. Como escribirlo sale gratis, ya lo hago yo.

Cantaron, como acostumbraban al alcohol y a las otras drogas. Cantaron, como tienen a bien últimamente, al amor y al desamor. Podéis llamar a mis amigos y, especialmente, a mis amigas, preguntarles por mí y confirmar que es un temarro que no conoce ni de modas ni de edades.

De Los Nikis a Blur pasando por Sísifo

Podrían haberse conformado los carolinos con seguir la estela, gloriosa por otra parte, de Los Nikis y de Los Punsetes. Tendrían el éxito garantizado, al menos por un rato. Pero no. Hace unos meses sacaron al mercado un disco absolutamente espléndido con el que, directamente, se han pasado el juego. Mantienen la misma jovialidad de siempre, pero nos han dado a los del poco pelo donde más nos gusta. Solo hay que escuchar ese majestuoso Tempo 2, con los Blur en la cabeza todo el rato, o esa doble ración celestial de violines y trompetas, en Elige tu propia aventura y en la cada vez más monumental Probablemente tengas razón, con la que nos hacen creer que los Belle and Sebastian se conocieron en un colegio concertado del norte de Chamberí.

Se cantó, claro, a las hamburguesas, al fútbol, a mi madre (a las suyas), a las bragas, los condones usados y la farlopa, pero también a Sísifo, por mucho que el héroe mitológico al que yo también recordé buscando en la wikipedia, nos coma la polla. Como debe ser, por otra parte. Salieron Barry B, para interpretar otra de las mejores canciones del pasado año, esa adictiva Yo pensaba que me había tocado Dios, y la sin par Gara Durán en el papel de la celestial Amaia. Faltó, eso sí, la cuñada ideal, aka Rosalía, pero, estudiado previamente el riesgo de infarto entre la chavalada, las autoridades sanitarias recomendaron encarecidamente su ausencia.

Sonaron muchas canciones en un concierto imperfecto, como todo lo bonito, que se vio detenido un buen rato por problemas técnicos. Lo solventaron con más responsabilidad que nerviosismo. Las últimas palabras fueron de agradecimiento y de disculpas. Cuatro chavales acababan de hacer el concierto de sus vidas. Y 14.999 personas así lo habían vivido. Venga, va, yo también un poco.

Ocata

La canción de las 11:38. Pese a lo que pueda parecer, no es nada fácil hacer una buena canción pop. Los chicos de Ocata tienen un buen muestrario en su disco 9 historias y 1 mentira. Me quedo con este Quiero más para endulzar este último domingo soleado del verano. VicençPepe, Kevin Roger viven en El Masnou, junto a Barcelona y Ocata es una de las playas de aquel lugar. Todo muy pop.

Manel en concierto: El grupo que
eligió muerte y nos dio la vida

Mi objetivo, ya desde el titular se ve, es no ser exagerado. No sé si lo conseguiré, pero al menos lo voy a intentar. El de presentación de su quinto disco, Per la bona gent, en Madrid, fue mi octava cita con los Manel. Y, pese a mi estado febril y a que compartía horario con la feliz semifinal de la Supertrola de Arabia, nunca, repito, nunca, les había visto tan potentes, tan emocionantes, tan fantásticos. Insisto en que no iba a exagerar.

El dato crucial es el siguiente: Ayer los Manel no tocaron ninguna de las canciones con los que yo me estrené con ellos, hace ya más de ocho años. No hubo momento para recordar ni Al Mar ni Ai, Dolors ni el resto de joyas que completaban un disco inaugural para no olvidar jamás. Con otros, semejante afrenta se habría tornado imperdonable. Con ellos, no. Solo hubo espacio en La Riviera para recuperar, con una versión rompedora, absolutamente sideral, aquel mítico Captatio Benevolentiae de nuestras entretelas.

Les admiro profundamente, pero por lo que más, con muchísima diferencia, es por lo valientes que son. Podrían haber seguido haciendo discos maravillosos, llenos de folk y ukeleles, y ofreciendo conciertos plenos de lágrimas con los que asegurarse un buen porvenir económico. Pero no, eligieron muerte y nos dieron la vida. Sus dos últimos discos están, de largo, entre lo más avanzado y ecléctico del mercado y ya nada queda, salvo el descomunal talento, de aquellos originales renovadores del folk catalán. Voy cumpliendo con lo de no exagerar, ¿no?

Comenzaron fuerte los Manel su presentación madrileña. No parecen nada amigos de las redes, las de verdad no las mentirosas de hoy en día y, por ello, acostumbran a saltar precipicios sin ellas. De otra manera no se podría entender que la canción inaugural de la velada fuera la monumental Formigues, la mejor, sin duda, del año musical en España. Un tema, como la mayoría de los que forman parte de Per la bona gent, nada sencillo, complicado hasta el extremo más bien; una canción de esas de las que es imposible salir una vez has entrado. Siguieron con canciones nuevas, Els entusiasmats (autotune incluido), Aquí tens el meu brac, que sonaron más que bien y Tubs de ventilació, multiplicada por 10 en su versión en directo respecto al disco de estudio.

No sé cuándo coños se acaba la década o si lo ha hecho ya, pero lo que tengo claro es que cuando lo haga, Jo Competeixo será una de sus mejores canciones”

Lo mejor de esta primera parte del concierto, quizá de su totalidad, quizá de la noche, de la semana, del mes, del año, insisto en que no quiero exagerar, fue la brutal exhibición que significó Jo competeixo. Hay que ser muy inquieto, muy valiente, muy brillante para, en los tiempos que corren, publicar una canción de casi nueve minutos de duración y no dejarse ni un segundo en la gatera para llevarla al directo de manera arrebatada como ellos, con el imperial Guillem al frente, lo hacen. No sé cuándo coños se acaba la década o si se ha terminado ya, pero lo evidente es que este será uno de sus temazos más representativos.

El outfit de Guillem

Pero, ¿no hubo nada entonces que no te gustara? Oigo que gritan desde una esquina. Pues, hombre, yo, de ser Guillem Gisbert, habría elegido un vestuario más apropiado. Y de ser él y los otros tres, Roger Padilla, Arnau Vallvé y Martí Maymó, habría escogido algunas otras canciones para poner el primer punto final a un concierto más que memorable… Amb un ram de clamídies, como que no.

Pero lo arreglaron, y de largo. La Riviera acogió al exilio barcelonés en la capital y resultó más que emocionante escuchar coreadas esas canciones que servidor aún no ha sido capaz de aprender de memoria, pero que le siguen emocionando como la primera vez que las escuchó. Después del fiestón que siempre supone esa Teresa Rampell que sigo sin saber quién es, el mítico “Otra, otra” del román paladino para solicitar algún bis se coreó al unísono con el catalán “No n’hi ha prou” (“No es suficiente“) y los Manel respondieron encantados.

Y, como son así, allí sonó la voz auténtica de María del Mar Bonet en la ecuménica Per la bona gent, y hasta pudimos escuchar al fallecido Pedro González, el mítico comentarista televisivo del Tour de Francia, hablando con Perico de Indurain y de Virenque. Todo perfectamente engrasado para acabar en el despiporre total con Boomerang y Benvolgut en serie cantados por una sala disfrutona como si no hubiera mañana.

Y dejamos La Riviera, ella y yo, con esa inmensa y emocionante felicidad que solo da la música en directo. La buena, la de siempre, la del mañana hecha con el talento del ayer. ¡Visca Manel!

Pero James ¿qué?

Me acerqué el pasado miércoles a La Riviera a ver qué pasaba y de nuevo pasó. Antes de entrar, me habían timado justo enfrente con una empanada de espinacas a precio de cordero de Aranda. Un rato antes, había tenido que hacer frente a la evidente pregunta de mis compañeros de trabajo. ¿Que a quién dices que vas a ver? Que a James. Pero a James, ¿qué? Y así. Aquello prometía.

Entré en ese lugar que sería fantástico para escuchar música si es que algún día se escuchara bien, y me sentí como en casa. Lleno sin apreturas y mucha calva entre el público. Aunque para calvo, para glorioso calvo, Tim Booth, el líder de la banda que nació en Manchester el año del Naranjito. Excelso dominador del escenario e intérprete de espasmódicos bailes, a la segunda canción ya jugaba con los de la primera fila y mediado el concierto no dudó en lanzarse a sus brazos.

Viendo a Booth ahí, tan cerca, no pude por menos que comparar. Reconozco que lo hice toda la noche, y sé que no es muy bueno, pero peor es timar con empanadas de espinacas. A ratos me sonaba a Bono y en otros, se me aparecía el grandísimo Mike Scott. Pero todo el tiempo, viéndolo ahí tan cerca, tan entregado a la causa, me imaginaba a ciertos músicos nacionales que tanto gustan. Tan profesionales, tan modernos (¡Moderno!), tan seguros del aplauso fácil, tan guays, tan instagramers… y tan poco reales. Sí, sí, estoy pensando en varios, pero en uno muy concretamente. Algunos ya lo habrán adivinado.

Yo lo hago habitualmente, pero es fantástico acudir a conciertos de artistas de los que solo sabes dos o tres canciones. Lo segundo mejor de esto es la inmensa capacidad de descubrimiento que posees. Eres un afortunado. No sabes casi nada y mucho te sorprende. Lo más mejor, sin embargo, es observar las caras de los que se las saben todas. Disfrutones hubo por centenas el otro miércoles en La Riviera. Y eso es fantástico. La música, y poco más, lo hace posible.

Me gustaron mucho los James. Pero mucho. Siete tipos entrados en años y una tipa algo más joven haciendo buenísima música para todos los públicos y para todos los tiempos. Me encantó, también, y aquí viene otra comparación odiosa para otros muchos, que respetaran sus clásicos. Ellos habrán tocado Sometimes millones de veces, pero yo solo la voy a escuchar en directo una vez. Y resultó que fue la otra noche, pasadas las diez y media, y fue un lujazo. Pocas canciones en el mundo me dan mejor rollo que esta. El miércoles, además, confirmé que también me emociona. Un montón.

Lo mismo sucedió con una fantástica y extendida versión del monumental Getting Away With It (All Messed Up), que Booth acabó cantando muy lejos del escenario. Protestó algún acérrimo que no hubieran atacado Laid, pero creo que al momento les perdonó. Y si él lo hizo, camiseta en ristre del grupo mancuniano, quién era yo para tenérselo en cuenta.

Como ocurría muchas veces desde que el dios Simeone llegara al vecino y casi extinto Vicente Calderón, se declaró el estado de felicidad en La Riviera. Por más que Tim Booth tuviera que dar por concluida una canción solo 30 segundos después de comenzarla porque no oía la guitarra, por más que en otro momento mandara callar a los habituales charlatanes de todos los conciertos.

Todo acabó con parte del público sobre el escenario, cantando y bailando el ochentero Come home con el que finalizó aquello. Haciéndose de cruces por poder estar un ratito junto a sus ídolos musicales en el lugar donde se hace la magia. Siguiendo las instrucciones de Booth y sus fantásticos secuaces, nos fuimos a casa. Y tan contentos. Ni me volví a acordar de lo de las espinacas.

23 de mayo. Los Planetas

La canción de mi día de cumpleaños que, en este caso, comparto a las 10:18. No sé cuándo las tradiciones comienzan a considerarse como tal. Tampoco cuántos años tienen que pasar en desuso para dejar de ser llamadas así. Es tradición, mágica al menos para mí, este regalo cuasi diario de buenísima música. Quizá también lo empece a ser ya esta costumbre mía de compartir cada día de mi cumpleaños, total para más señas, este pelotazo sideral de Los Planetas. Me doy por felicitado.

El milagro de Aranjuez. Rufus T. Firefly en concierto

Asistí a la momentánea despedida de Rufus T. Firefly con ánimo de encendida gratitud y esperanza de desbocada emoción. Los chicos de Aranjuez son ejemplo auténtico de amor por la música y demostración de casi infinito talento. Verdaderos jornaleros de la música, chavales con otros trabajos además de sus canciones, que nunca han desistido hasta lograr lo que han conseguido: hacer uno de los mejores discos de la década en España (Magnolia, 2017) y convertirlo, junto al añadido de Loto (2018), en uno de los más sobresalientes directos de la escena nacional. Por lo tanto, para empezar, gracias indisimuladas y enhorabuenas ilimitadas.

Llenamos, con semanas de antelación, La Riviera madrileña. Víctor Cabezuelo, líder, cantante y cabeza pensante de la formación, ya había advertido que no dirían ni una palabra durante las dos horas y cuarta que duró la sentida velada. Que literalmente no podían por la emoción que sentían al ver que su sueño se había convertido en realidad. Y se les veía en el rostro. Antes, durante y después. Y no son de mentir. Son de dar amor. Y punto.

Aprovecharon el inicio del espectáculo para agradecer, por escrito y por gigante pantalla plana, estos dos últimos años a todo el mundo. Y servidor se dio por enterado y solo acertó a decir para sus adentros: “De nada. Solo faltaba. Con lo bien que me lo he pasado con vosotros”. Y sonaron, una tras otra, y en mágico formato de cuatro actos, las 18 canciones (19 con el mágico y ya tradicional añadido de “Pompeya“) que conforman esa mágica doble entrega llamada Magnolia y Loto.

Y, sinceramente, no todas sonaron todo lo bien que su perfección merece. Sería esa Riviera que alguna que otra noche suena a lata, serían los nervios de la noche o quizá que la apuesta musical de los Rufus es tan arriesgada que ecualizar de manera sobresaliente tanto sonido se hace, a veces, misión imposible. Afortunadamente les he visto pletóricos en algún que otro escenario mejor sonorizado, o sea que sé perfectamente de todo lo que son capaces.

Tampoco me pareció lo más acertado no presentar de viva voz a los formidables invitados que se pasaron por el escenario entre acto y acto haciendo versiones de los anteriores, también sobresalientes, discos de los Rufus. Casi todo el mundo conoce ya a Alice Wonder, nadie con dos dedos de frente discute que Nina, la cantante de Morgan, posee la mejor voz femenina del momento, y a estas alturas se sabe perfectamente que Manuel Cabezalí y Zahara hacen cada noche preciosidades como la que ayer dejaron para la eterna posteridad allí en La Riviera.

Es más, no sé si todo el mundo en la atestada y emocionada sala fue muy consciente de que un animal con melena, barba y bigote llamado Julián Maeso fue quien dio una lección al teclado en la espectacular versión, de lo mejor de toda la noche, que hicieron de “Cristal Oscuro“. Por cierto, otro de los invitados, el baterista Carlos Pinto acompañó también al grupo en esa brillantísima versión extendida y más de uno echó una lagrimita pensando que tres excomponentes de los Sunday Drivers; el otro, por supuesto, al bajo, Miguel de Lucas, volvían a compartir escenario.


Resultaron muy emocionantes canciones ya justamente elevadas a la categoría de himnos como “Magnolia“, “Nebulosa Jade” o la brutal “Río Wolf” y confirmamos que no hay batería en España como Julia Martín-Maestro ni grupo al que se le oiga mejor y más imperial el portentoso bajo.

Terminaron fundidos y a punto de la lágrima los chavales de Aranjuez. Como símbolo de despedida acabaron arrojando al público los psicodélicos fulares que han servido para cubrir sus sintetizadores durante dos años de éxito, tan relativo en términos absolutos como absoluto en todos los demás términos. No acerté a ver qué hicieron con ese pequeño dragón tan simbólico como cabalístico que situaban noche tras noche, ayer también, sobre uno de aquellos teclados.

Nos dijeron adiós y nos despedimos con el mayor y más profundo de los agradecimientos. Dicen que volverán haciendo cosas muy diferentes. Les creo tan capaces que agotaré la espera disfrutando del regusto que deja el milagro de unos chicos normales de Aranjuez.

Un gigantesco rumor.
Fabián en concierto

¿Qué a quién dices que vas a ver?“. Me pregunto cuántas veces tendré que seguir contestando a esa pregunta cada vez que digo que voy a un concierto. Con Fabián siempre me ha sucedido. Todas las veces que le he visto. Todas las veces que he sido feliz disfrutando de uno de los mejores letristas y compositores del país. Pues es un chico de León, alto para su edad, digo. Y muy bueno.

Estuve ayer en el estreno de su disco en Madrid; bueno en realidad, en el debut en directo de esa estupenda maravilla titulada “El rumor de los tiempos”. Y no lo pasé tan bien como en otras ocasiones, aunque mucho mejor que en la inmensa mayoría de los momentos de mi vida. Desde la distancia, noté al gigante Fabián algo nervioso, más tenso que de costumbre, con problemas de afinación y alguno que otro de sonido a través de su oído derecho. Y, como así lo vi, así lo escribo.

Sería porque era la primera vez que mostraba en público a su sexta criatura, porque casi ninguno de sus compañeros de generación (Marwan, Manuel Cuesta, Txetxu Altube, Zahara, Andrés Suárez, Edu Vázquez o Willy Naves) se lo quiso perder, porque no se encontraba demasiado cómodo con su traje de señor mayor o, directamente, porque entre el público estaban sus afortunados padres, aquellos triunfadores de algún disco pasado.

Eso sí, sonaron perfectas algunas de las canciones que forman parte de su última entrega. La que le da título para empezar y otras espléndidas como “Artista“, “San Juan“, la valentísima “Venlafaxina” (¿cuándo seré capaz de decir yo lo que canta Fabián?) y, especialmente, “El Rey Pescador“, preciosa joya ya en el disco, aún más si cabe en directo.

Eché en falta algún clásico más, hubo tres o cuatro mal contados, pero siempre me sucede lo mismo con Fabián, dueño de un bellísimo cancionero lleno de algunos de los mejores poemas musicados de la última década en España. Eché de menos, igualmente, ese ratito acústico de sala pequeña y emoción enorme; justo cuando el gigante leonés demuestra también lo fenomenal guitarrista que es.

Por contra, disfruté de lo poderosas que suenan ahora algunas de esas canciones tranquilas electrificadas hasta el más bello de los extremos.

Releo lo escrito y parece que lo pasé mal. Todo lo contrario. Emocionarme con la música no tiene precio y en la fresca noche madrileña lo volví a sentir. Será que Fabián se ha hecho mayor y yo demasiado exigente.

Un Sansón con barriga.
Sr. Chinarro en concierto.

Ya se puede decir: Después de 25 años haciendo discos, Antonio Luque es mejor cuanto más pelo tiene. Su concierto del miércoles en el teatro Barceló, dentro del fantástico ciclo “Inverfest”, sólo hizo que certificar que Sr. Chinarro es lo más parecido a un Sansón moderno, andaluz, cachondo y con barriga. Porque sí, será por las cervezas o por lo que sea, pero Luque no cumple, afortunadamente, con el manido arquetipo físico del cantante indie de moda: estar flaco como un palo.

Fue sobresaliente el recital de Chinarro. Tanto que olvidé, justo en el instante en el que sonaron los primeros acordes de “Dos besugos”, la canción inaugural, el desastre colchonero en el Metropolitano. Porque es muy del Betis, que si no, evidentemente Luque sería del Atleti. Hizo un extenso repaso el cantante sevillano a su cuarto de siglo de trayectoria y tocó muchas de las piezas, algunas memorables, que componen la antológica “Colección permanente”, su último y recopilatorio lanzamiento discográfico.

Sr. Chinarro, en pleno concierto en la Barceló.

Confirmó el señor Chinchorro, como le llama una de sus tías, que no hay en España rimador profesional similar, que ya podían aprender los Lori Meyers de turno de él a hacer coincidir terminaciones de palabras sin caer en ripios vulgares y sin abandonar el más habitual de los costumbrismos patrios. Apareció Luque en plenísima forma. Habló de trap, de memes, de jinetes solitarios, de Vox (“busco amplificadores Marshall porque estos que llevo son marca Vox y los quiero cambiar”), de house, de sus seis meses en Madrid, de Esperanza Aguirre y hasta de golf.

No hay en España rimador profesional similar al Sr. Chinarro

Su buen momento lo demuestra el hecho de que su último disco original, “Asunción”, el 19º de su carrera, tenga un nivel altísimo, con canciones como esa vibrante “De piedra”, que es simplemente perfecta. Del nivel de míticas como “Del montón”, “El rayo verde”, “El progreso”, la divertidísima “Tímidos”, la lejanísima “El lejano Oeste”, la brutal “Babieca”, (“La noche pasada soñé / que Murcia iba a desaparecer / Granada ya no existía / ni rastro de Almería / no sé para qué me desperté…”). Aunque nada, claro, como “Los Ángeles”, la mejor del cancionero chinarriano de siempre e imprescindible en cualquier guía de lo mejor de la música nacional del presente siglo, pase lo que pase en los 81 años que quedan para que finalice.

Hubo lugar, incluso, para el flamenquito rockero de “El rito”, para la emocionante “El Alfabeto Morse”, que Luque canta en solitario, y para esas otras canciones más oscuras, “Quiromántico” entre ellas, en las que Chinarro canta como si a Jota de Los Planetas se le entendiera, al menos, la mitad de lo que dice.

Y luego, el envoltorio. Perfectamente engrasado para la ocasión. Resulta ya muy complicado imaginar qué sería de los discos y de los conciertos de Sr. Chinarro sin la compañía de Jaime Beltrán, impecable con la guitarra solista durante toda la noche. Beltrán lidera a los magníficos granadinos Pájaro Jack, grupo que comparte con Mario Fernández y Mario Rodríguez, también batería y bajista de Luque, respectivamente. El quinto elemento, a las voces y al teclado, David Molina, actúa como trasunto del maestro sevillano en los prometedores Catenaccio.

Fue, en fin, noche feliz. Prometió Chinarro volver. “Aunque sea en patinete”, dijo. Le esperaremos y rezaremos porque tarde mucho en pasar por el barbero.

Tiny Telephone: A Jero le habrá gustado

Por no comenzar exquisito y decir que fue una noche histórica la de este miércoles en la sala El Sol, empezaré mintiendo y diré que fue algo irrepetible, más que nada porque el próximo martes hay segundo pase. Mereció ambos adjetivos por muchas cosas, pero especialmente por la excepcionalidad del acontecimiento: un concierto en el que todo el mundo sabe la canción que viene a continuación, una actuación en la que los afortunados presentes no protestaron ni lo más mínimo por la exigua duración, tres cuartos de hora mal contados, ni malgastaron energía pidiendo ningún bis; una noche, en fin, con 45 minutos de sonrisa pegada a la cara. 

Como a casi todo en mi vida, también llegué tarde a la música de The Sunday Drivers. En un hipotético campeonato del mundo de ver quién ha escuchado más los dos discazos de Jero Romero en solitario, el sencillamente monumental “Cabeza de león” y el decididamente sideral “La grieta“, lucharía claramente por la primera posición. Sin embargo, es ahora, casi una década después de su disolución, cuando me dedico a disfrutar plenamente de los cuatro trabajos publicados por ese grupo que lideró, El Greco mediante, el segundo artista más fantástico que jamás nunca vio Toledo. 

Hace tres meses, el fenomenal teclista Sergio Valdehita tuvo la gloriosa idea de, a falta de los domingueros manchegos, revisitar “Tiny Telephone“, el disco que en 2007 publicaron The Sunday Drivers. Convenció a cinco músicos más y el primer regalo de Navidades llegó en forma de conciertazo inolvidable. 

Se vio a Valdehita disfrutar cual enano durante tres cuartos de hora que, mucho me temo, no se le van a olvidar en su vida. También al tímido Charlie Moreno, en su doble versión de teclado y guitarra. Víctor Pescador, con su colega Stanich disfrutándole desde el fondo de la sala, confirmó que es de los mejores guitarras solistas de la actualidad y se estiró a la voz, de manera mucho más que notable, en alguno de los perfectos himnos que componen el ya mítico “Tiny Telephone“.

Adrián Seijas abandonó por una noche a Xoel y mantuvo con elevado tino esa línea de potentes bajos que en el disco original protagonizaba Miguel de Lucas, ahora enrolado en las psicodélicas filas de los gigantescos Rufus T. Firefly. Pablo, el mayor de los coruñeses Seijas, era, sin duda, el más expuesto de los seis al tener sobre él una constante espada en forma de desgarrada voz de Jero Romero. Y, desde la primera voz de “Rainbows of colours“, desde ese fantástico “There is a room by the steps in my head” que la comanda, pareció que cantaba el propio Jero. Y así hasta el final. Grandísimo el gallego durante toda la noche.

Y al fondo, en la batería, quizá el más contenido, Nacho García; de los seis, y con diferencia, el que más tiempo ha compartido con el genio toledano, ahora en voluntario retiro. Pudiera parecer que ando obsesionado con Romero. Nada más lejos de la mentira. El miércoles se cumplieron los primeros 1.195 días sin poder disfrutar de Amable Rodríguez, Alfonso Ferrer, Charlie Bautista y Nacho García; integrantes, junto a Romero, de un grupo, este también, irrepetible. 

Los seis músicos, en el concierto de este miércoles en la sala El Sol. 

Sonaron perfectas en El Sol las diez canciones de Tiny Telephone, prácticamente igual que en el disco, demérito en tantas otras ocasiones y exitazo total en la noche del miércoles. Joyas como “Paranoid“, “She“, “Little chat” o “Better if I” revivieron, igual que “Do it“, ese trallazo monumental que convirtió a The Sunday Drivers en una ejemplar banda de festivales. Al final todos cantamos porque nos sentíamos felices y aquello acabó, cómo no podía ser de otra manera, con el “Dancing Queen” de ABBA, tantas veces versionada en los directos de aquellos inolvidables domingueros toledanos.  

Abandoné El Sol sonriendo, felicitándome por lo bonita que sigue siendo la música en directo y preguntándome qué coños andaba haciendo yo en aquellos años en los que The Sunday Drivers hacían canciones preciosas. 

Y de repente, Javier Álvarez

Admiro profundamente a Javier Álvarez. Desde siempre. Lo digo, mejor lo escribo, al principio, como blanda venda para posterior herida. Le considero el maestro nacional del minimalismo, de las pequeñas canciones más grandes y perfectas que nunca se han escrito por aquí. Presentó este lunes su nuevo disco, “10”, después de una década en relativo silencio, y en el magnífico Teatro Lara había muchas ganas de reencontrarse con él.
Me encantó ver a Javier sonreír. Siempre lo ha hecho pese a pasar épocas residiendo en el vestíbulo de los infiernos. Disfruté mucho de él, más porque se presentó acompañado por dos grandísimos músicos, Meta al bajo y el grandísimo Ricky Lavado a la batería y a unas sorprendentes segundas voces. Si la disolución de Nudozurdo, el grupo que formaban ambos junto a Leopoldo Mateos, ha servido para que Meta y Lavado hagan conciertos con Álvarez, buenísima sea la mala noticia.
Comenzó el concierto con la primera cara íntegra de su nueva obra. Preferí no escuchar nada previamente, salvo el magnífico “El mar”, con el que empieza “10”. Y así fue mucho mejor. En casi ningún momento se me borró esa sonrisa tonta con la que escuchas por primera vez canciones simplemente perfectas. Lo son, rotundas, “No fue”, “Detr/s”, “En la cuarta”, “Presente” o “Sonata de otoño”. Le perdoné, con la misma sonrisa de antes, que Javier se olvidara de algunas de las letras de sus nuevas canciones y que resbalara de alguna manera con la excesiva “Tuno”, no demasiado bien llevada al directo.

Y luego, todo lo demás. Clásicos que llevan emocionando, al menos a mí hasta casi el extremo, más de dos décadas. Hay artistas, entre ellos algunos de los que más admiro, que cantan sus grandes éxitos como obligados, como una especie de pesada carga por la que pasar sí o sí. Comprendo que llegará a bordear el coñazo interpretar siempre lo mismo, pero, por ejemplo, a Javier Álvarez no se le nota nada en absoluto. Y en todo caso, no haberlas compuesto. Lejos de renegar de su pasado, reinterpreta himnos como si los acabara de componer ayer mismo. Y así sonaron magníficas, pero majestuosas de verdad, “La edad del porvenir”, indiscutiblemente entre las diez mejores nacionales de todas las eras, “Piel de pantera”, “1, 2, 3, 4”, “Sunset Boulevard”, la desternillante “Padre”, la no menos concluyente “Ni na no”, o su emocionantísima revisita del antiguo cuplé, luego himno de la Legión, “El novio de la muerte”.
Servidor, que ha tenido la inmensa suerte de ver a Javier Álvarez en garitos mucho menos refinados que el monumental Lara, no se sorprendió en absoluto cuando el cantante madrileño dio rienda suelta a su innata y descacharrante condición payasa. Y así se paseó por todo el teatro cantando en playback el último hit de la música disco, tuvo tiempo para insertar la palabra mágica del artisteo global, “Malamente”, en una de sus canciones, y homenajeó a sus máximos referentes, Abba y Michael Jackson. Todo ello bajo los gritos de “Guapo” que llegaban desde la entregada platea. Ante la emocionantísima y rendida ovación final, Javier reaccionó bromeando. “Qué falsos sois”, acusó. La típica salida mentirosa del nervioso satisfecho que volvió a sonreír.