Pero James ¿qué?

Me acerqué el pasado miércoles a La Riviera a ver qué pasaba y de nuevo pasó. Antes de entrar, me habían timado justo enfrente con una empanada de espinacas a precio de cordero de Aranda. Un rato antes, había tenido que hacer frente a la evidente pregunta de mis compañeros de trabajo. ¿Que a quién dices que vas a ver? Que a James. Pero a James, ¿qué? Y así. Aquello prometía.

Entré en ese lugar que sería fantástico para escuchar música si es que algún día se escuchara bien, y me sentí como en casa. Lleno sin apreturas y mucha calva entre el público. Aunque para calvo, para glorioso calvo, Tim Booth, el líder de la banda que nació en Manchester el año del Naranjito. Excelso dominador del escenario e intérprete de espasmódicos bailes, a la segunda canción ya jugaba con los de la primera fila y mediado el concierto no dudó en lanzarse a sus brazos.

Viendo a Booth ahí, tan cerca, no pude por menos que comparar. Reconozco que lo hice toda la noche, y sé que no es muy bueno, pero peor es timar con empanadas de espinacas. A ratos me sonaba a Bono y en otros, se me aparecía el grandísimo Mike Scott. Pero todo el tiempo, viéndolo ahí tan cerca, tan entregado a la causa, me imaginaba a ciertos músicos nacionales que tanto gustan. Tan profesionales, tan modernos (¡Moderno!), tan seguros del aplauso fácil, tan guays, tan instagramers… y tan poco reales. Sí, sí, estoy pensando en varios, pero en uno muy concretamente. Algunos ya lo habrán adivinado.

Yo lo hago habitualmente, pero es fantástico acudir a conciertos de artistas de los que solo sabes dos o tres canciones. Lo segundo mejor de esto es la inmensa capacidad de descubrimiento que posees. Eres un afortunado. No sabes casi nada y mucho te sorprende. Lo más mejor, sin embargo, es observar las caras de los que se las saben todas. Disfrutones hubo por centenas el otro miércoles en La Riviera. Y eso es fantástico. La música, y poco más, lo hace posible.

Me gustaron mucho los James. Pero mucho. Siete tipos entrados en años y una tipa algo más joven haciendo buenísima música para todos los públicos y para todos los tiempos. Me encantó, también, y aquí viene otra comparación odiosa para otros muchos, que respetaran sus clásicos. Ellos habrán tocado Sometimes millones de veces, pero yo solo la voy a escuchar en directo una vez. Y resultó que fue la otra noche, pasadas las diez y media, y fue un lujazo. Pocas canciones en el mundo me dan mejor rollo que esta. El miércoles, además, confirmé que también me emociona. Un montón.

Lo mismo sucedió con una fantástica y extendida versión del monumental Getting Away With It (All Messed Up), que Booth acabó cantando muy lejos del escenario. Protestó algún acérrimo que no hubieran atacado Laid, pero creo que al momento les perdonó. Y si él lo hizo, camiseta en ristre del grupo mancuniano, quién era yo para tenérselo en cuenta.

Como ocurría muchas veces desde que el dios Simeone llegara al vecino y casi extinto Vicente Calderón, se declaró el estado de felicidad en La Riviera. Por más que Tim Booth tuviera que dar por concluida una canción solo 30 segundos después de comenzarla porque no oía la guitarra, por más que en otro momento mandara callar a los habituales charlatanes de todos los conciertos.

Todo acabó con parte del público sobre el escenario, cantando y bailando el ochentero Come home con el que finalizó aquello. Haciéndose de cruces por poder estar un ratito junto a sus ídolos musicales en el lugar donde se hace la magia. Siguiendo las instrucciones de Booth y sus fantásticos secuaces, nos fuimos a casa. Y tan contentos. Ni me volví a acordar de lo de las espinacas.

23 de mayo. Los Planetas

La canción de mi día de cumpleaños que, en este caso, comparto a las 10:18. No sé cuándo las tradiciones comienzan a considerarse como tal. Tampoco cuántos años tienen que pasar en desuso para dejar de ser llamadas así. Es tradición, mágica al menos para mí, este regalo cuasi diario de buenísima música. Quizá también lo empece a ser ya esta costumbre mía de compartir cada día de mi cumpleaños, total para más señas, este pelotazo sideral de Los Planetas. Me doy por felicitado.

El milagro de Aranjuez. Rufus T. Firefly en concierto

Asistí a la momentánea despedida de Rufus T. Firefly con ánimo de encendida gratitud y esperanza de desbocada emoción. Los chicos de Aranjuez son ejemplo auténtico de amor por la música y demostración de casi infinito talento. Verdaderos jornaleros de la música, chavales con otros trabajos además de sus canciones, que nunca han desistido hasta lograr lo que han conseguido: hacer uno de los mejores discos de la década en España (Magnolia, 2017) y convertirlo, junto al añadido de Loto (2018), en uno de los más sobresalientes directos de la escena nacional. Por lo tanto, para empezar, gracias indisimuladas y enhorabuenas ilimitadas.

Llenamos, con semanas de antelación, La Riviera madrileña. Víctor Cabezuelo, líder, cantante y cabeza pensante de la formación, ya había advertido que no dirían ni una palabra durante las dos horas y cuarta que duró la sentida velada. Que literalmente no podían por la emoción que sentían al ver que su sueño se había convertido en realidad. Y se les veía en el rostro. Antes, durante y después. Y no son de mentir. Son de dar amor. Y punto.

Aprovecharon el inicio del espectáculo para agradecer, por escrito y por gigante pantalla plana, estos dos últimos años a todo el mundo. Y servidor se dio por enterado y solo acertó a decir para sus adentros: “De nada. Solo faltaba. Con lo bien que me lo he pasado con vosotros”. Y sonaron, una tras otra, y en mágico formato de cuatro actos, las 18 canciones (19 con el mágico y ya tradicional añadido de “Pompeya“) que conforman esa mágica doble entrega llamada Magnolia y Loto.

Y, sinceramente, no todas sonaron todo lo bien que su perfección merece. Sería esa Riviera que alguna que otra noche suena a lata, serían los nervios de la noche o quizá que la apuesta musical de los Rufus es tan arriesgada que ecualizar de manera sobresaliente tanto sonido se hace, a veces, misión imposible. Afortunadamente les he visto pletóricos en algún que otro escenario mejor sonorizado, o sea que sé perfectamente de todo lo que son capaces.

Tampoco me pareció lo más acertado no presentar de viva voz a los formidables invitados que se pasaron por el escenario entre acto y acto haciendo versiones de los anteriores, también sobresalientes, discos de los Rufus. Casi todo el mundo conoce ya a Alice Wonder, nadie con dos dedos de frente discute que Nina, la cantante de Morgan, posee la mejor voz femenina del momento, y a estas alturas se sabe perfectamente que Manuel Cabezalí y Zahara hacen cada noche preciosidades como la que ayer dejaron para la eterna posteridad allí en La Riviera.

Es más, no sé si todo el mundo en la atestada y emocionada sala fue muy consciente de que un animal con melena, barba y bigote llamado Julián Maeso fue quien dio una lección al teclado en la espectacular versión, de lo mejor de toda la noche, que hicieron de “Cristal Oscuro“. Por cierto, otro de los invitados, el baterista Carlos Pinto acompañó también al grupo en esa brillantísima versión extendida y más de uno echó una lagrimita pensando que tres excomponentes de los Sunday Drivers; el otro, por supuesto, al bajo, Miguel de Lucas, volvían a compartir escenario.


Resultaron muy emocionantes canciones ya justamente elevadas a la categoría de himnos como “Magnolia“, “Nebulosa Jade” o la brutal “Río Wolf” y confirmamos que no hay batería en España como Julia Martín-Maestro ni grupo al que se le oiga mejor y más imperial el portentoso bajo.

Terminaron fundidos y a punto de la lágrima los chavales de Aranjuez. Como símbolo de despedida acabaron arrojando al público los psicodélicos fulares que han servido para cubrir sus sintetizadores durante dos años de éxito, tan relativo en términos absolutos como absoluto en todos los demás términos. No acerté a ver qué hicieron con ese pequeño dragón tan simbólico como cabalístico que situaban noche tras noche, ayer también, sobre uno de aquellos teclados.

Nos dijeron adiós y nos despedimos con el mayor y más profundo de los agradecimientos. Dicen que volverán haciendo cosas muy diferentes. Les creo tan capaces que agotaré la espera disfrutando del regusto que deja el milagro de unos chicos normales de Aranjuez.

Un gigantesco rumor.
Fabián en concierto

¿Qué a quién dices que vas a ver?“. Me pregunto cuántas veces tendré que seguir contestando a esa pregunta cada vez que digo que voy a un concierto. Con Fabián siempre me ha sucedido. Todas las veces que le he visto. Todas las veces que he sido feliz disfrutando de uno de los mejores letristas y compositores del país. Pues es un chico de León, alto para su edad, digo. Y muy bueno.

Estuve ayer en el estreno de su disco en Madrid; bueno en realidad, en el debut en directo de esa estupenda maravilla titulada “El rumor de los tiempos”. Y no lo pasé tan bien como en otras ocasiones, aunque mucho mejor que en la inmensa mayoría de los momentos de mi vida. Desde la distancia, noté al gigante Fabián algo nervioso, más tenso que de costumbre, con problemas de afinación y alguno que otro de sonido a través de su oído derecho. Y, como así lo vi, así lo escribo.

Sería porque era la primera vez que mostraba en público a su sexta criatura, porque casi ninguno de sus compañeros de generación (Marwan, Manuel Cuesta, Txetxu Altube, Zahara, Andrés Suárez, Edu Vázquez o Willy Naves) se lo quiso perder, porque no se encontraba demasiado cómodo con su traje de señor mayor o, directamente, porque entre el público estaban sus afortunados padres, aquellos triunfadores de algún disco pasado.

Eso sí, sonaron perfectas algunas de las canciones que forman parte de su última entrega. La que le da título para empezar y otras espléndidas como “Artista“, “San Juan“, la valentísima “Venlafaxina” (¿cuándo seré capaz de decir yo lo que canta Fabián?) y, especialmente, “El Rey Pescador“, preciosa joya ya en el disco, aún más si cabe en directo.

Eché en falta algún clásico más, hubo tres o cuatro mal contados, pero siempre me sucede lo mismo con Fabián, dueño de un bellísimo cancionero lleno de algunos de los mejores poemas musicados de la última década en España. Eché de menos, igualmente, ese ratito acústico de sala pequeña y emoción enorme; justo cuando el gigante leonés demuestra también lo fenomenal guitarrista que es.

Por contra, disfruté de lo poderosas que suenan ahora algunas de esas canciones tranquilas electrificadas hasta el más bello de los extremos.

Releo lo escrito y parece que lo pasé mal. Todo lo contrario. Emocionarme con la música no tiene precio y en la fresca noche madrileña lo volví a sentir. Será que Fabián se ha hecho mayor y yo demasiado exigente.

Un Sansón con barriga.
Sr. Chinarro en concierto.

Ya se puede decir: Después de 25 años haciendo discos, Antonio Luque es mejor cuanto más pelo tiene. Su concierto del miércoles en el teatro Barceló, dentro del fantástico ciclo “Inverfest”, sólo hizo que certificar que Sr. Chinarro es lo más parecido a un Sansón moderno, andaluz, cachondo y con barriga. Porque sí, será por las cervezas o por lo que sea, pero Luque no cumple, afortunadamente, con el manido arquetipo físico del cantante indie de moda: estar flaco como un palo.

Fue sobresaliente el recital de Chinarro. Tanto que olvidé, justo en el instante en el que sonaron los primeros acordes de “Dos besugos”, la canción inaugural, el desastre colchonero en el Metropolitano. Porque es muy del Betis, que si no, evidentemente Luque sería del Atleti. Hizo un extenso repaso el cantante sevillano a su cuarto de siglo de trayectoria y tocó muchas de las piezas, algunas memorables, que componen la antológica “Colección permanente”, su último y recopilatorio lanzamiento discográfico.

Sr. Chinarro, en pleno concierto en la Barceló.

Confirmó el señor Chinchorro, como le llama una de sus tías, que no hay en España rimador profesional similar, que ya podían aprender los Lori Meyers de turno de él a hacer coincidir terminaciones de palabras sin caer en ripios vulgares y sin abandonar el más habitual de los costumbrismos patrios. Apareció Luque en plenísima forma. Habló de trap, de memes, de jinetes solitarios, de Vox (“busco amplificadores Marshall porque estos que llevo son marca Vox y los quiero cambiar”), de house, de sus seis meses en Madrid, de Esperanza Aguirre y hasta de golf.

No hay en España rimador profesional similar al Sr. Chinarro

Su buen momento lo demuestra el hecho de que su último disco original, “Asunción”, el 19º de su carrera, tenga un nivel altísimo, con canciones como esa vibrante “De piedra”, que es simplemente perfecta. Del nivel de míticas como “Del montón”, “El rayo verde”, “El progreso”, la divertidísima “Tímidos”, la lejanísima “El lejano Oeste”, la brutal “Babieca”, (“La noche pasada soñé / que Murcia iba a desaparecer / Granada ya no existía / ni rastro de Almería / no sé para qué me desperté…”). Aunque nada, claro, como “Los Ángeles”, la mejor del cancionero chinarriano de siempre e imprescindible en cualquier guía de lo mejor de la música nacional del presente siglo, pase lo que pase en los 81 años que quedan para que finalice.

Hubo lugar, incluso, para el flamenquito rockero de “El rito”, para la emocionante “El Alfabeto Morse”, que Luque canta en solitario, y para esas otras canciones más oscuras, “Quiromántico” entre ellas, en las que Chinarro canta como si a Jota de Los Planetas se le entendiera, al menos, la mitad de lo que dice.

Y luego, el envoltorio. Perfectamente engrasado para la ocasión. Resulta ya muy complicado imaginar qué sería de los discos y de los conciertos de Sr. Chinarro sin la compañía de Jaime Beltrán, impecable con la guitarra solista durante toda la noche. Beltrán lidera a los magníficos granadinos Pájaro Jack, grupo que comparte con Mario Fernández y Mario Rodríguez, también batería y bajista de Luque, respectivamente. El quinto elemento, a las voces y al teclado, David Molina, actúa como trasunto del maestro sevillano en los prometedores Catenaccio.

Fue, en fin, noche feliz. Prometió Chinarro volver. “Aunque sea en patinete”, dijo. Le esperaremos y rezaremos porque tarde mucho en pasar por el barbero.

Tiny Telephone: A Jero le habrá gustado

Por no comenzar exquisito y decir que fue una noche histórica la de este miércoles en la sala El Sol, empezaré mintiendo y diré que fue algo irrepetible, más que nada porque el próximo martes hay segundo pase. Mereció ambos adjetivos por muchas cosas, pero especialmente por la excepcionalidad del acontecimiento: un concierto en el que todo el mundo sabe la canción que viene a continuación, una actuación en la que los afortunados presentes no protestaron ni lo más mínimo por la exigua duración, tres cuartos de hora mal contados, ni malgastaron energía pidiendo ningún bis; una noche, en fin, con 45 minutos de sonrisa pegada a la cara. 

Como a casi todo en mi vida, también llegué tarde a la música de The Sunday Drivers. En un hipotético campeonato del mundo de ver quién ha escuchado más los dos discazos de Jero Romero en solitario, el sencillamente monumental “Cabeza de león” y el decididamente sideral “La grieta“, lucharía claramente por la primera posición. Sin embargo, es ahora, casi una década después de su disolución, cuando me dedico a disfrutar plenamente de los cuatro trabajos publicados por ese grupo que lideró, El Greco mediante, el segundo artista más fantástico que jamás nunca vio Toledo. 

Hace tres meses, el fenomenal teclista Sergio Valdehita tuvo la gloriosa idea de, a falta de los domingueros manchegos, revisitar “Tiny Telephone“, el disco que en 2007 publicaron The Sunday Drivers. Convenció a cinco músicos más y el primer regalo de Navidades llegó en forma de conciertazo inolvidable. 

Se vio a Valdehita disfrutar cual enano durante tres cuartos de hora que, mucho me temo, no se le van a olvidar en su vida. También al tímido Charlie Moreno, en su doble versión de teclado y guitarra. Víctor Pescador, con su colega Stanich disfrutándole desde el fondo de la sala, confirmó que es de los mejores guitarras solistas de la actualidad y se estiró a la voz, de manera mucho más que notable, en alguno de los perfectos himnos que componen el ya mítico “Tiny Telephone“.

Adrián Seijas abandonó por una noche a Xoel y mantuvo con elevado tino esa línea de potentes bajos que en el disco original protagonizaba Miguel de Lucas, ahora enrolado en las psicodélicas filas de los gigantescos Rufus T. Firefly. Pablo, el mayor de los coruñeses Seijas, era, sin duda, el más expuesto de los seis al tener sobre él una constante espada en forma de desgarrada voz de Jero Romero. Y, desde la primera voz de “Rainbows of colours“, desde ese fantástico “There is a room by the steps in my head” que la comanda, pareció que cantaba el propio Jero. Y así hasta el final. Grandísimo el gallego durante toda la noche.

Y al fondo, en la batería, quizá el más contenido, Nacho García; de los seis, y con diferencia, el que más tiempo ha compartido con el genio toledano, ahora en voluntario retiro. Pudiera parecer que ando obsesionado con Romero. Nada más lejos de la mentira. El miércoles se cumplieron los primeros 1.195 días sin poder disfrutar de Amable Rodríguez, Alfonso Ferrer, Charlie Bautista y Nacho García; integrantes, junto a Romero, de un grupo, este también, irrepetible. 

Los seis músicos, en el concierto de este miércoles en la sala El Sol. 

Sonaron perfectas en El Sol las diez canciones de Tiny Telephone, prácticamente igual que en el disco, demérito en tantas otras ocasiones y exitazo total en la noche del miércoles. Joyas como “Paranoid“, “She“, “Little chat” o “Better if I” revivieron, igual que “Do it“, ese trallazo monumental que convirtió a The Sunday Drivers en una ejemplar banda de festivales. Al final todos cantamos porque nos sentíamos felices y aquello acabó, cómo no podía ser de otra manera, con el “Dancing Queen” de ABBA, tantas veces versionada en los directos de aquellos inolvidables domingueros toledanos.  

Abandoné El Sol sonriendo, felicitándome por lo bonita que sigue siendo la música en directo y preguntándome qué coños andaba haciendo yo en aquellos años en los que The Sunday Drivers hacían canciones preciosas. 

Y de repente, Javier Álvarez

Admiro profundamente a Javier Álvarez. Desde siempre. Lo digo, mejor lo escribo, al principio, como blanda venda para posterior herida. Le considero el maestro nacional del minimalismo, de las pequeñas canciones más grandes y perfectas que nunca se han escrito por aquí. Presentó este lunes su nuevo disco, “10”, después de una década en relativo silencio, y en el magnífico Teatro Lara había muchas ganas de reencontrarse con él.
Me encantó ver a Javier sonreír. Siempre lo ha hecho pese a pasar épocas residiendo en el vestíbulo de los infiernos. Disfruté mucho de él, más porque se presentó acompañado por dos grandísimos músicos, Meta al bajo y el grandísimo Ricky Lavado a la batería y a unas sorprendentes segundas voces. Si la disolución de Nudozurdo, el grupo que formaban ambos junto a Leopoldo Mateos, ha servido para que Meta y Lavado hagan conciertos con Álvarez, buenísima sea la mala noticia.
Comenzó el concierto con la primera cara íntegra de su nueva obra. Preferí no escuchar nada previamente, salvo el magnífico “El mar”, con el que empieza “10”. Y así fue mucho mejor. En casi ningún momento se me borró esa sonrisa tonta con la que escuchas por primera vez canciones simplemente perfectas. Lo son, rotundas, “No fue”, “Detr/s”, “En la cuarta”, “Presente” o “Sonata de otoño”. Le perdoné, con la misma sonrisa de antes, que Javier se olvidara de algunas de las letras de sus nuevas canciones y que resbalara de alguna manera con la excesiva “Tuno”, no demasiado bien llevada al directo.

Y luego, todo lo demás. Clásicos que llevan emocionando, al menos a mí hasta casi el extremo, más de dos décadas. Hay artistas, entre ellos algunos de los que más admiro, que cantan sus grandes éxitos como obligados, como una especie de pesada carga por la que pasar sí o sí. Comprendo que llegará a bordear el coñazo interpretar siempre lo mismo, pero, por ejemplo, a Javier Álvarez no se le nota nada en absoluto. Y en todo caso, no haberlas compuesto. Lejos de renegar de su pasado, reinterpreta himnos como si los acabara de componer ayer mismo. Y así sonaron magníficas, pero majestuosas de verdad, “La edad del porvenir”, indiscutiblemente entre las diez mejores nacionales de todas las eras, “Piel de pantera”, “1, 2, 3, 4”, “Sunset Boulevard”, la desternillante “Padre”, la no menos concluyente “Ni na no”, o su emocionantísima revisita del antiguo cuplé, luego himno de la Legión, “El novio de la muerte”.
Servidor, que ha tenido la inmensa suerte de ver a Javier Álvarez en garitos mucho menos refinados que el monumental Lara, no se sorprendió en absoluto cuando el cantante madrileño dio rienda suelta a su innata y descacharrante condición payasa. Y así se paseó por todo el teatro cantando en playback el último hit de la música disco, tuvo tiempo para insertar la palabra mágica del artisteo global, “Malamente”, en una de sus canciones, y homenajeó a sus máximos referentes, Abba y Michael Jackson. Todo ello bajo los gritos de “Guapo” que llegaban desde la entregada platea. Ante la emocionantísima y rendida ovación final, Javier reaccionó bromeando. “Qué falsos sois”, acusó. La típica salida mentirosa del nervioso satisfecho que volvió a sonreír.

Ebrovisión 2018. El concierto del año, un barbudo y, cómo no, Cayetano

Regresé a Miranda tres años después y parecía que no hubiera faltado a ninguna edición del festival pequeño más grande del país. No me recibieron con los brazos abiertos simplemente porque no podían. El motivo era que tenían las manos ocupadas por salvadoras cervezas que, al instante, compartían como el mejor regalo posible de entrañable bienvenida. A diferencia de lo que sucedía cuando yo pasaba por allí de pequeño, ahora sigue oliendo bien en la ribera fronteriza del Ebro. Y cada vez mejor.
Es Ebrovisión un festival muy bien hecho que cuenta con lo fundamental, el inquebrantable favor de los vecinos, niños incluidos. Ese es el motivo por el que los visitantes, que también los hay, nos sentimos allí tan bien. Tengo ya ganas de volver y acabo de regresar. Las mismas que tenía de ir este año aunque el cartel no presentara, al menos para mí, la rotundidad de pasadas ediciones, vividas tristemente en la distancia.
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No vi todo, claro, aunque entré casi el primero en el recinto aquel jueves de modesto calor y salí, con ese fresquete tan característico de la noche mirandesa, cuando ya era domingo. Me perdí, por ejemplo, contra mi propia voluntad pero a cambio de unas inconmensurables ijadas de bonito, el concierto de Modelo de Respuesta Polar. Una mediodía, mientras aún dormitaba, actuó Salto. Habrá espacio y lugar, seguro, para disfrutar, aunque sea por primera vez, de dos de los grupos que más me atraen. Tampoco vi, esto por propio convencimiento y mientras degustaba horas de buenísima conversación, ni a los Lori Meyers ni a LA M.O.D.A. “Uhhhhhhhh, que se calle ya. Pero cómo se atreve”, escucho desde la tribuna ocupada por los amantes de los cabezas de cartel. “Que se vaya de una vez”, me dicen. Me iré, pero es que ambos me aburren soberanamente. También, por cierto, La Habitación Floja, perdón Roja, a quienes abandoné tras cuatro canciones, animado por la impagable gracieta elevada por parte del personal más cercano.

Imagen del brutal concierto de Egon Soda.

Empiezo por lo malo porque lo bueno fue espectacular. El mejor concierto que vi en este Ebrovisión, y uno de los más destacados de mis últimos tiempos, lo hicieron Egon Soda. Absolutamente maravillosa música clásica sobre el escenario del polígono de Bayas. Éramos pocos y no hizo falta ni que pariera la abuela para disfrutar como enanos. Insisto, una auténtica barbaridad. Al portentoso Ricky Falkner se le escucharon todas y cada una de las notas que tocó con su bajo y su voz, complicada hasta el extremo, se convirtió en dulce. Preguntad por Miranda si no me creéis. Las implacables letras de Ferrán Pontón hasta se entendían y la doble percusión (Xavi Molero-Ricky Lavado) sonó a auténtica gloria. Cuando recetaron esa preciosidad llamada El corazón de un mundo sin corazón y destacó mucho más que en disco; es decir, cuando se logró el mágico imposible, puede ser que llorara. No lo aseguro, pero puede ser que sucediera.
Después de volver a reconocer alegremente por qué solo la música me hace sentir esas cosas, Viva Suecia me pareció pura bachata, hasta que recordé al gran Juan Luis Guerra y los murcianos descendieron al lugar, decoroso, que ocupa cierto reggaeton del bueno. Pensé que debe ser muy fastidiado tener éxito y hacer una canción buenísima, Los años, sin siquiera disponer de tiempo para gestionarlo. También consideré que sólo había un sitio en lo más alto de la música independiente nacional y ese fue ocupado hace años por los indiscutibles Vetusta Morla. Y que, incluso, surgió otro lugar para el segundón y ahí aburren los absolutamente prescindibles Izal. Se puede ser el tercero, pero sólo si eres el Atleti, el Espíritu Santo o el postre.
Siguiendo con rankings, pero en este caso de los positivos, dos completarían el podio ebrovisivo por debajo de los indiscutibles Egon Soda. Ángel Stanich, por supuesto, es uno de ellos. Considerando que no fue el mejor concierto que le he visto al grupo que le acompaña, fue un pedazo de actuación. El genio barbudo que no da entrevistas se presentó como Emiliano Bajo Iglesias, el alcalde republicano de Miranda de Ebro fusilado en septiembre de 1936. Por aquello de no reabrir las heridas o quizá, mejor, por lo de cerrarlas de una vez. Cantaron la mayoría de Antigua y Barbuda, su pletórico último disco, y acabaron, imbatibles, con Mátame camión y Escupe fuego, dos ejemplos de himnos de conversión inmediata.

Y en esto, llegó La Casa Azul y, qué queréis que os diga; pues que me encantaron. Un fiestón colosal al ritmo de cinco tipos, Guille Milkyway al frente, tocados con cascos cibernéticos. Un espectáculo impresionante y una futurista puesta en escena que los convirtió en mi principal sorpresa mirandesa. Desde que vi el cartel apunté su noctámbula hora para nos perdérmelos. Era la primera vez y trataré por todos los medios posibles de que no sea la última.
Guille Milkyway, al frente de La Casa Azul.

También me gustó, y muchísimo, la salvajemente guitarrera propuesta de Texxcoco y el atrevimiento casi infantil de las entrañables chicas de Cariño, en el que era sólo el tercer concierto de su aún imberbe carrera. Descubrí que los componentes de esa animalada llamada Los Bengala son dos miembros de los buenísimos Volcanes y lamenté las imperfecciones técnicas de los también guitarreros La Plata. Me aburrió Ron Gallo, del mismo modo que lo hizo la propuesta de flamenco psicodélico de Quentin Gas & Los Zíngaros. Disfruté un rato de los bilbaínos electrónicos Empty Files y me sorprendió, y muy para bien, el grupo francés DBFC.
Niñas en la actuación de Cariño.

Y, claro, por supuesto, que vi a Carolina Durante. A las nueve de la noche del sábado, los más claros y dignos sucesores de Los Nikis salieron al escenario. Menos de una hora de punk madrileño que culminó con el ya mítico Cayetano. Es muy posible que, con todo merecimiento, aquel No votan al PP, votan a Ciudadanos, fuera la estrofa más coreada del fin de semana en Miranda y alrededores. Su presencia se antoja absolutamente necesaria en el momento actual e imagino que se convertirá en prescindible en tres o cuatro temporadas, pero el bien ya estará hecho.

En fin, que fui tan feliz en la fronteriza ribera del Ebro que hasta me llevaron a Anduva a ver al Mirandés. “Hemos ganado 1-1 con el Racing”, resumió, sabio, uno de mis entrañables amigos locales. No me digáis que no hay que quererles.

Si así ha sido tan bonito ¿Cómo será sin lluvia? Cuatro días en el Palencia Sonora

Entre un bache y otro de la impresentable autovía de Castilla pensaba yo por qué Palencia tenía que autojustificarse continuamente cada vez que su antiquísima denominación se pronunciaba. O se exageraba la oclusiva P inicial hasta el desgarro labial o se utilizaba el nunca bien ponderado latiguillo “Palencia con P” para diferenciarse de aquella otra que jamás se conoce como “Valencia con V”. En su 15º aniversario me estrené en el Palencia Sonora y la experiencia no pudo ser más agradable, pese a las adversas condiciones impuestas por el eterno invierno imperante.

Se trata, lo diré rápido y sin exageración ninguna, de un ejemplo de festival; pleno de sonrisas, de disposición, de extraordinario ambiente, de perfecta conexión con la ciudad, de idílicos lugares, ora vergel verde en el Sotillo, ora centenarias piedras en sus plazas, para disfrutar de la música, de sonido impoluto, de horarios soviéticos y británica puntualidad, de buena y permanente comunicación con los asistentes.

Supone, en fin, la más insana de las envidias para los llegados de otras ciudades cuyo nombre nunca hay que aclarar; tampoco su incapacidad para explotar la música en particular y la cultura en general como es debido. Y, todo ello, insisto, con pertinaz cielo gris amenazante y con chuzos de punta en las peores de las ocasiones.

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Un festival que comienza con Morgan y concluye, tres días después, con Club del Río sólo puede ser una fiesta y un monumento al desmedido talento musical. Dos de mis tres grupos emergentes de cabecera, (el tercero, Rufus T. Firefly, sobrevivió al tormentón del sábado) formaban parte de un completísimo cartel que cumplió, con creces, todas mis expectativas.

Éramos todavía pocos los que soportamos las primeras gotas de lluvia del festival cuando la mejor voz femenina del momento en el país, Carolina de Juan, se sentó al piano para comandar a unos Morgan cada vez más engrasados y consolidados en la lista de las bandas más destacadas del país.

Como es costumbre, las preescolares rimas de unos Lori Meyers aburridos de aguantarse, me dejaron como quien oye y, sobre todo, ve llover, aunque fuera debajo de un milagroso castaño convertido para la ocasión en el más frondoso de los paraguas posibles. Los Lori Meyers gustan; también la M.O.D.A. A mí, menos, pero debe de ser problema mío.

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Me gustó casi toda la música que escuché de Siloé, salvo ese par de canciones que se apuntan al triunfante y cansino estilo de los prescindibles Izal, y del desparrame de Los Volcanes aún se habla en la palenciana plaza de Pío XII.

Disfruté, sí así se puede explicar la sensación que causan, de la inclasificable música de los murcianos Perro (“Hola, somos de Murcia, Murcia es África”, se presentan); no acabé de aclararme con Nudozurdo y me encantó, como siempre últimamente, el imperial Ángel Stanich.

Las cinco chicas de The Grooves hacen muy buena música y a la hora que Joe Crepúsculo comenzó a pulsar las teclas de su organillo del Bazar Canarias, a mí me entró el hambre.

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Pocas veces en mi vida he visto yo llover tanto como el sábado por la tarde en Palencia. Y jamás he soportado tanta precipitación encima como cuando decidimos convertirnos en valientes y afortunados espectadores de los Rufus T. Firefly. Tuvo algo de chamánico aquello.

Los chicos de Aranjuez recetando toneladas de psicodelia al son de un trueno sideral y de infinitos litros por metro cuadrado. Un rato claramente inolvidable, sí señor. De esos que no se pagan con dinero. Son tan normales y agradecidos los autores de esa preciosidad llamada “Magnolia“, les gusta tanto la música, que, después de su inolvidable concierto, bajaron al barro para seguir a Xoel López. También por allí se pudo ver a algunos de los cluberos del río.

Imágenes emocionantes, por inusuales en tiempos de posturas forzadas y de obligados perfiles, las de unos músicos escuchando a otros, abiertos y tímidos ante el sincero halago, siempre con ganas de disfrutar de lo que tanto les gusta y tantísimo nos emociona.

Escuchando a Xoel, qué queréis que os diga, lloré. Es lo que tiene sentir. Lo que tiene no parar de hacerlo. Me sucedió también el domingo al escuchar y cantar Remedios” de Club del Río. Por cierto, el gigante coruñés está en plena forma. La bandaza que le acompaña sigue de cerca a una voz que jamás ha sonado tan bien como ahora. En este caso, sí seguí a la entregada muchedumbre y en nada me arrepiento, sino más bien todo lo contrario.

Nunca había visto en directo a Dorian y se estrenaron conmigo con magnífico éxito. Sus clásicos suenan fantásticos también en vivo y algunas de sus nuevas canciones se convertirán en imprescindibles en solo un par de giras.

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El domingo amaneció, oh sorpresa, lloviendo como si no hubiera mañana. Desafortunadamente nos perdimos a Carmen Boza porque por un incomprensible momento dejamos de creer en los irreductibles palentinos y en su incontestable amor por la música.

Y después, se produjo el milagro y hasta salió el sol para celebrar que Club del Río estaban allí para ser lo que son: un extraordinario grupo vocal envuelto en la mejor de las instrumentaciones posibles. Y volvimos a pensar en cantantes de pacotilla, en ramplones intérpretes con vidas aseguradas y en inventos televisivos impedidos de talento alguno. Pero en el escenario, seis tipos madrileños a los que casi nadie conoce se empeñaron en seguir haciéndonos felices. Y lo fuimos, vaya que si lo fuimos.

Y al séptimo, desperté. Vetusta Morla en concierto

Me prometí un buen día que nunca más volvería a escribir sobre un concierto hasta que no viera uno muy bueno de Vetusta Morla. En realidad, nunca fui consciente de haberlo hecho así, pero como licencia poética no queda mal. Ellos son, sin duda, uno de mis grupos favoritos. Sus cuatro discos, incluido el bellísimo último, me parecen casi perfectos; indispensables para saber qué está pasando exactamente en la potentísima música independiente española de la última década. Pero nunca, y han sido siete u ocho conciertos hasta la fecha, los vi plenos. Y eso, exactamente eso, sólo eso, tanto y tan calvo, sucedió el pasado sábado, en el mejor escenario posible, el monumental Coliseu dos Recreios de Lisboa.
No fue cuestión baladí el lugar elegido. En realidad lo hice por cuestiones futboleras; huir de la esperada borrachera madridista era el objetivo y, curiosamente en la patria del hipervitaminado cerresiete, lo cumplí con creces. Allí, en un escenario imposible de mejorar, los seis componentes de Vetusta Morla hicieron lo que mejor saben hacer, tocar, pero ninguno de los 2.000 que allí estuvimos (mayoría absoluta de españoles expatriados y viajeros) tuvo ningún otro estímulo al que prestar atención. Había leído que sus nuevos conciertos eran, y seguirán siendo ahora que retoman la gira española, espectáculos grandiosos llenos de imágenes, pantallas, selfies y ruido por doquier. El pasado sábado, la austeridad lisboeta dejó reducido al grupo de Tres Cantos en un grupazo fantástico. Mi privilegiada posición a escasos diez metros del escenario hizo el resto. La impagable sensación de ver lo que tocaban, de escuchar justo el acorde que acababa de atacar Juanma Latorre en su guitarra, hizo del concierto lisboeta un desparrame de diversión y plenitud musical.
Hace tres años, en el Sonorama arandino, me quedé con la sensación de que los vetustos se estaban empezando a aburrir de tocar todas las noches lo mismo. Me pareció completamente lógico porque a mí me sucedería algo parecido. Con la perspectiva del tiempo, creo que estaba en lo cierto. Ahora, con fantástico y novísimo material, la realidad es bien distinta. Y es que los 38 minutos de Mismo sitio, distinto lugar sonaron pletóricos en Lisboa. Escuché mi predilecta, esa maravilla titulada Punto sin retorno, con ganas de hincarme de hinojos, genuflexo ante la búsqueda del mágico fuel necesario para regresar. Y eso que no sabía muy bien a dónde porque de allí no me quería ir.
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Vi al sin par Pucho, cantante dado al histrionismo cargante y exagerado, en plenísima forma. Nunca, y repito que mi experiencia frente a ellos es ya larga, lo vi cantando tan bien. Y, con sonrisa amplia, me alegré sin mesura. Su capacidad para interpretar sin parar de mover su ligero cuerpo en ningún momento es sólo proporcional al dominio que posee de la respiración. En este sentido, la brutal versión de Al respirar, propia de alguien que parece practicar, conocer y disfrutar del milenario arte del yoga, fue de todo punto emocionante.
Fueron más de dos horas de completísimo concierto. Sonaron los clásicos, esos Copenhague, Valiente, Sálvese quien pueda, La deriva o Golpe maestro que un día cimentaron la estupenda leyenda de seis chavales de Tres Cantos que recogen ahora la cosecha de años de durísimo trabajo e innegable talento. Se permiten, incluso, prescindir ya de himnos que les hicieron tan grandes en el pasado y el hecho de que no los echáramos demasiado de menos constituye, ya de por sí, un logro gigantesco. Y me los imaginé, allí en los orígenes de esta gira triunfal, buscando una forma mejor de concluir sus exhibiciones que con Los días raros, pero ni la encontraron ni la encontrarán jamás porque esos seis minutos y medio son una inconmesurable pieza de emoción desbordada.
Eso fue, emoción desbordada, lo que creí ver en varios de los componentes de Vetusta Morla cuando abandonaban el teatro lisboeta al son de la larga ovación de la más que satisfecha muchedumbre. Y eso, sin duda, es lo más grande de la música en directo. El milagro se había vuelto a producir y había que, tras pellizcarse y rascarse los ojos, disfrutar de lo vivido. Y contarlo.