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Ebrovisión 2018. El concierto del año, un barbudo y, cómo no, Cayetano

Regresé a Miranda tres años después y parecía que no hubiera faltado a ninguna edición del festival pequeño más grande del país. No me recibieron con los brazos abiertos simplemente porque no podían. El motivo era que tenían las manos ocupadas por salvadoras cervezas que, al instante, compartían como el mejor regalo posible de entrañable bienvenida. A diferencia de lo que sucedía cuando yo pasaba por allí de pequeño, ahora sigue oliendo bien en la ribera fronteriza del Ebro. Y cada vez mejor.

Es Ebrovisión un festival muy bien hecho que cuenta con lo fundamental, el inquebrantable favor de los vecinos, niños incluidos. Ese es el motivo por el que los visitantes, que también los hay, nos sentimos allí tan bien. Tengo ya ganas de volver y acabo de regresar. Las mismas que tenía de ir este año aunque el cartel no presentara, al menos para mí, la rotundidad de pasadas ediciones, vividas tristemente en la distancia.

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No vi todo, claro, aunque entré casi el primero en el recinto aquel jueves de modesto calor y salí, con ese fresquete tan característico de la noche mirandesa, cuando ya era domingo. Me perdí, por ejemplo, contra mi propia voluntad pero a cambio de unas inconmensurables ijadas de bonito, el concierto de Modelo de Respuesta Polar. Una mediodía, mientras aún dormitaba, actuó Salto. Habrá espacio y lugar, seguro, para disfrutar, aunque sea por primera vez, de dos de los grupos que más me atraen. Tampoco vi, esto por propio convencimiento y mientras degustaba horas de buenísima conversación, ni a los Lori Meyers ni a LA M.O.D.A. “Uhhhhhhhh, que se calle ya. Pero cómo se atreve”, escucho desde la tribuna ocupada por los amantes de los cabezas de cartel. “Que se vaya de una vez”, me dicen. Me iré, pero es que ambos me aburren soberanamente. También, por cierto, La Habitación Floja, perdón Roja, a quienes abandoné tras cuatro canciones, animado por la impagable gracieta elevada por parte del personal más cercano.

Imagen del brutal concierto de Egon Soda.

Empiezo por lo malo porque lo bueno fue espectacular. El mejor concierto que vi en este Ebrovisión, y uno de los más destacados de mis últimos tiempos, lo hicieron Egon Soda. Absolutamente maravillosa música clásica sobre el escenario del polígono de Bayas. Éramos pocos y no hizo falta ni que pariera la abuela para disfrutar como enanos. Insisto, una auténtica barbaridad. Al portentoso Ricky Falkner se le escucharon todas y cada una de las notas que tocó con su bajo y su voz, complicada hasta el extremo, se convirtió en dulce. Preguntad por Miranda si no me creéis. Las implacables letras de Ferrán Pontón hasta se entendían y la doble percusión (Xavi Molero-Ricky Lavado) sonó a auténtica gloria. Cuando recetaron esa preciosidad llamada El corazón de un mundo sin corazón y destacó mucho más que en disco; es decir, cuando se logró el mágico imposible, puede ser que llorara. No lo aseguro, pero puede ser que sucediera.

Después de volver a reconocer alegremente por qué solo la música me hace sentir esas cosas, Viva Suecia me pareció pura bachata, hasta que recordé al gran Juan Luis Guerra y los murcianos descendieron al lugar, decoroso, que ocupa cierto reggaeton del bueno. Pensé que debe ser muy fastidiado tener éxito y hacer una canción buenísima, Los años, sin siquiera disponer de tiempo para gestionarlo. También consideré que sólo había un sitio en lo más alto de la música independiente nacional y ese fue ocupado hace años por los indiscutibles Vetusta Morla. Y que, incluso, surgió otro lugar para el segundón y ahí aburren los absolutamente prescindibles Izal. Se puede ser el tercero, pero sólo si eres el Atleti, el Espíritu Santo o el postre.

Siguiendo con rankings, pero en este caso de los positivos, dos completarían el podio ebrovisivo por debajo de los indiscutibles Egon Soda. Ángel Stanich, por supuesto, es uno de ellos. Considerando que no fue el mejor concierto que le he visto al grupo que le acompaña, fue un pedazo de actuación. El genio barbudo que no da entrevistas se presentó como Emiliano Bajo Iglesias, el alcalde republicano de Miranda de Ebro fusilado en septiembre de 1936. Por aquello de no reabrir las heridas o quizá, mejor, por lo de cerrarlas de una vez. Cantaron la mayoría de Antigua y Barbuda, su pletórico último disco, y acabaron, imbatibles, con Mátame camión y Escupe fuego, dos ejemplos de himnos de conversión inmediata.

Y en esto, llegó La Casa Azul y, qué queréis que os diga; pues que me encantaron. Un fiestón colosal al ritmo de cinco tipos, Guille Milkyway al frente, tocados con cascos cibernéticos. Un espectáculo impresionante y una futurista puesta en escena que los convirtió en mi principal sorpresa mirandesa. Desde que vi el cartel apunté su noctámbula hora para nos perdérmelos. Era la primera vez y trataré por todos los medios posibles de que no sea la última.

Guille Milkyway, al frente de La Casa Azul.

También me gustó, y muchísimo, la salvajemente guitarrera propuesta de Texxcoco y el atrevimiento casi infantil de las entrañables chicas de Cariño, en el que era sólo el tercer concierto de su aún imberbe carrera. Descubrí que los componentes de esa animalada llamada Los Bengala son dos miembros de los buenísimos Volcanes y lamenté las imperfecciones técnicas de los también guitarreros La Plata. Me aburrió Ron Gallo, del mismo modo que lo hizo la propuesta de flamenco psicodélico de Quentin Gas & Los Zíngaros. Disfruté un rato de los bilbaínos electrónicos Empty Files y me sorprendió, y muy para bien, el grupo francés DBFC.

Niñas en la actuación de Cariño.

Y, claro, por supuesto, que vi a Carolina Durante. A las nueve de la noche del sábado, los más claros y dignos sucesores de Los Nikis salieron al escenario. Menos de una hora de punk madrileño que culminó con el ya mítico Cayetano. Es muy posible que, con todo merecimiento, aquel No votan al PP, votan a Ciudadanos, fuera la estrofa más coreada del fin de semana en Miranda y alrededores. Su presencia se antoja absolutamente necesaria en el momento actual e imagino que se convertirá en prescindible en tres o cuatro temporadas, pero el bien ya estará hecho.

En fin, que fui tan feliz en la fronteriza ribera del Ebro que hasta me llevaron a Anduva a ver al Mirandés. “Hemos ganado 1-1 con el Racing”, resumió, sabio, uno de mis entrañables amigos locales. No me digáis que no hay que quererles.

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Si así ha sido tan bonito ¿Cómo será sin lluvia? Cuatro días en el Palencia Sonora

Entre un bache y otro de la impresentable autovía de Castilla pensaba yo por qué Palencia tenía que autojustificarse continuamente cada vez que su antiquísima denominación se pronunciaba. O se exageraba la oclusiva P inicial hasta el desgarro labial o se utilizaba el nunca bien ponderado latiguillo “Palencia con P” para diferenciarse de aquella otra que jamás se conoce como “Valencia con V”. En su 15º aniversario me estrené en el Palencia Sonora y la experiencia no pudo ser más agradable, pese a las adversas condiciones impuestas por el eterno invierno imperante.

Se trata, lo diré rápido y sin exageración ninguna, de un ejemplo de festival, pleno de sonrisas, de disposición, de extraordinario ambiente, de perfecta conexión con la ciudad, de idílicos lugares, ora vergel verde en el Sotillo, ora centenarias piedras en sus plazas, para disfrutar de la música, de sonido impoluto, de horarios soviéticos y británica puntualidad, de buena y permanente comunicación con los asistentes. Supone, en fin, la más insana de las envidias para los llegados de otras ciudades cuyo nombre nunca hay que aclarar; tampoco su incapacidad para explotar la música en particular y la cultura en general como es debido. Y, todo ello, insisto, con pertinaz cielo gris amenazante y con chuzos de punta en las peores de las ocasiones.

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Un festival que comienza con Morgan y concluye, tres días después, con Club del Río sólo puede ser una fiesta y un monumento al desmedido talento musical. Dos de mis tres grupos emergentes de cabecera, (el tercero, Rufus T. Firefly, sobrevivió al tormentón del sábado) formaban parte de un completísimo cartel que cumplió, con creces, todas mis expectativas. Éramos todavía pocos los que soportamos las primeras gotas de lluvia del festival cuando la mejor voz femenina del momento en el país, Carolina de Juan, se sentó al piano para comandar a unos Morgan cada vez más engrasados y consolidados en la lista de las bandas más destacadas del país. Como es costumbre, las preescolares rimas de unos Lori Meyers aburridos de aguantarse, me dejaron como quien oye y, sobre todo, ve llover, aunque fuera debajo de un milagroso castaño convertido para la ocasión en el más frondoso de los paraguas posibles. Los Lori Meyers gustan; también la M.O.D.A. A mí, menos, pero debe de ser problema mío.

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Me gustó casi toda la música que escuché de Siloé, salvo ese par de canciones que se apuntan al triunfante y cansino estilo de los prescindibles Izal, y del desparrame de Los Volcanes aún se habla en la palenciana plaza de Pío XII. Disfruté, sí así se puede explicar la sensación que causan, de la inclasificable música de los murcianos Perro (“Hola, somos de Murcia, Murcia es África”, se presentan); no acabé de aclararme con Nudozurdo y me encantó, como siempre últimamente, el imperial Ángel Stanich. Las cinco chicas de The Grooves hacen muy buena música y a la hora que Joe Crepúsculo comenzó a pulsar las teclas de su organillo del Bazar Canarias, a mí me entró el hambre.

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Pocas veces en mi vida he visto yo llover tanto como el sábado por la tarde en Palencia. Y jamás he soportado tanta precipitación encima como cuando decidimos convertirnos en valientes y afortunados espectadores de los Rufus T. Firefly. Tuvo algo de chamánico aquello. Los chicos de Aranjuez recetando toneladas de psicodelia al son de un trueno sideral y de infinitos litros por metro cuadrado. Un rato claramente inolvidable, sí señor. De esos que no se pagan con dinero. Son tan normales y agradecidos los autores de esa preciosidad llamada “Magnolia”, les gusta tanto la música, que, después de su inolvidable concierto, bajaron al barro para seguir a Xoel López. También por allí se pudo ver a algunos de los cluberos del río. Imágenes emocionantes, por inusuales en tiempos de posturas forzadas y de obligados perfiles, las de unos músicos escuchando a otros, abiertos y tímidos ante el sincero halago, siempre con ganas de disfrutar de lo que tanto les gusta y tantísimo nos emociona.

Escuchando a Xoel, qué queréis que os diga, lloré. Es lo que tiene sentir. Lo que tiene no parar de hacerlo. Me sucedió también el domingo al escuchar y cantar “Remedios” de Club del Río. Por cierto, el gigante coruñés está en plena forma. La bandaza que le acompaña sigue de cerca a una voz que jamás ha sonado tan bien como ahora. En este caso, sí seguí a la entregada muchedumbre y en nada me arrepiento, sino más bien todo lo contrario. Nunca había visto en directo a Dorian y se estrenaron conmigo con magnífico éxito. Sus clásicos suenan fantásticos también en vivo y algunas de sus nuevas canciones se convertirán en imprescindibles en solo un par de giras.

 

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El domingo amaneció, oh sorpresa, lloviendo como si no hubiera mañana. Desafortunadamente nos perdimos a Carmen Boza porque por un incomprensible momento dejamos de creer en los irreductibles palentinos y en su incontestable amor por la música. Y después, se produjo el milagro y hasta salió el sol para celebrar que Club del Río estaban allí para ser lo que son: un extraordinario grupo vocal envuelto en la mejor de las instrumentaciones posibles. Y volvimos a pensar en cantantes de pacotilla, en ramplones intérpretes con vidas aseguradas y en inventos televisivos impedidos de talento alguno. Pero en el escenario, seis tipos madrileños a los que casi nadie conoce se empeñaron en seguir haciéndonos felices. Y lo fuimos, vaya que si lo fuimos.

Y al séptimo, desperté. Vetusta Morla en concierto

Me prometí un buen día que nunca más volvería a escribir sobre un concierto hasta que no viera uno muy bueno de Vetusta Morla. En realidad, nunca fui consciente de haberlo hecho así, pero como licencia poética no queda mal. Ellos son, sin duda, uno de mis grupos favoritos. Sus cuatro discos, incluido el bellísimo último, me parecen casi perfectos; indispensables para saber qué está pasando exactamente en la potentísima música independiente española de la última década. Pero nunca, y han sido siete u ocho conciertos hasta la fecha, los vi plenos. Y eso, exactamente eso, sólo eso, tanto y tan calvo, sucedió el pasado sábado, en el mejor escenario posible, el monumental Coliseu dos Recreios de Lisboa.

No fue cuestión baladí el lugar elegido. En realidad lo hice por cuestiones futboleras; huir de la esperada borrachera madridista era el objetivo y, curiosamente en la patria del hipervitaminado cerresiete, lo cumplí con creces. Allí, en un escenario imposible de mejorar, los seis componentes de Vetusta Morla hicieron lo que mejor saben hacer, tocar, pero ninguno de los 2.000 que allí estuvimos (mayoría absoluta de españoles expatriados y viajeros) tuvo ningún otro estímulo al que prestar atención. Había leído que sus nuevos conciertos eran, y seguirán siendo ahora que retoman la gira española, espectáculos grandiosos llenos de imágenes, pantallas, selfies y ruido por doquier. El pasado sábado, la austeridad lisboeta dejó reducido al grupo de Tres Cantos en un grupazo fantástico. Mi privilegiada posición a escasos diez metros del escenario hizo el resto. La impagable sensación de ver lo que tocaban, de escuchar justo el acorde que acababa de atacar Juanma Latorre en su guitarra, hizo del concierto lisboeta un desparrame de diversión y plenitud musical.

Hace tres años, en el Sonorama arandino, me quedé con la sensación de que los vetustos se estaban empezando a aburrir de tocar todas las noches lo mismo. Me pareció completamente lógico porque a mí me sucedería algo parecido. Con la perspectiva del tiempo, creo que estaba en lo cierto. Ahora, con fantástico y novísimo material, la realidad es bien distinta. Y es que los 38 minutos de Mismo sitio, distinto lugar sonaron pletóricos en Lisboa. Escuché mi predilecta, esa maravilla titulada Punto sin retorno, con ganas de hincarme de hinojos, genuflexo ante la búsqueda del mágico fuel necesario para regresar. Y eso que no sabía muy bien a dónde porque de allí no me quería ir.

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Vi al sin par Pucho, cantante dado al histrionismo cargante y exagerado, en plenísima forma. Nunca, y repito que mi experiencia frente a ellos es ya larga, lo vi cantando tan bien. Y, con sonrisa amplia, me alegré sin mesura. Su capacidad para interpretar sin parar de mover su ligero cuerpo en ningún momento es sólo proporcional al dominio que posee de la respiración. En este sentido, la brutal versión de Al respirar, propia de alguien que parece practicar, conocer y disfrutar del milenario arte del yoga, fue de todo punto emocionante.

Fueron más de dos horas de completísimo concierto. Sonaron los clásicos, esos Copenhague, Valiente, Sálvese quien pueda, La deriva o Golpe maestro que un día cimentaron la estupenda leyenda de seis chavales de Tres Cantos que recogen ahora la cosecha de años de durísimo trabajo e innegable talento. Se permiten, incluso, prescindir ya de himnos que les hicieron tan grandes en el pasado y el hecho de que no los echáramos demasiado de menos constituye, ya de por sí, un logro gigantesco. Y me los imaginé, allí en los orígenes de esta gira triunfal, buscando una forma mejor de concluir sus exhibiciones que con Los días raros, pero ni la encontraron ni la encontrarán jamás porque esos seis minutos y medio son una inconmesurable pieza de emoción desbordada.

Eso fue, emoción desbordada, lo que creí ver en varios de los componentes de Vetusta Morla cuando abandonaban el teatro lisboeta al son de la larga ovación de la más que satisfecha muchedumbre. Y eso, sin duda, es lo más grande de la música en directo. El milagro se había vuelto a producir y había que, tras pellizcarse y rascarse los ojos, disfrutar de lo vivido. Y contarlo.

Sonorama ’15. Yo solo quería que me llevaras a bailar… Y me llevaste

Es la segunda vez que voy a Aranda a pasar la mitad de agosto y aún no me lo explico. Ni por qué no iba antes ni por qué pasa lo que solo pasa allí. Si lo que pasa en Sonorama se queda en Sonorama, seré yo quien también lo rompa. Porque quiero contar lo, poco, que vi. Porque es imposible escuchar tanta música en tan poco tiempo. Porque es directamente flipante que Aranda se llene muy por encima de sus posibilidades y que no suceda nada, más allá de risas, ambiente fantástico y varias y curiosísimas emociones. Hay peros, que nadie es perfecto, pero que yo sepa no fueron más allá de fallos en los autobuses o en la higiene de algunos servicios comunitarios. Poco, en mi opinión, cuando lo que se organizan son tres días y medio de constante actividad musical, culinaria y festiva que deja, literal, con los sentidos abiertos de par en par.

Especialmente, el del oído. Artistas y miles de asistentes aparte, los grandes triunfadores del Sonorama son, en mi modesta opinión, los encargados del sonido. Es, sin más, perfecto. A todas horas del día y de la noche. En todos los escenarios posibles. Con apenas veinte minutos para cambiar entre grupo y grupo. Una auténtica pasada de la que todos los festivales que se llevan a cabo en este país deberían de aprender. Porque se puede hacer. Como bien quedó demostrado en este 18 cumpleaños del ya mítico de Aranda de Duero.

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Y ahora, al lío. Por una vez me pondré el disfraz de periodista objetivo para escribir solo a cerca de lo que vi. Aunque, como se verá, me lo quitaré gustosamente para ponerme la capa del subjetivo, de ese que se guía solo por lo que siente y disfruta, o no. Empecemos por el principio. Y ese no pudo ser mejor. A las siete de la tarde del viernes, (más de un británico se perdería con la puntualidad estricta que exhibe todo el Sonorama), asistí al despendole que es un concierto de Smile, con ese inglés de Getxo llamado Jonh Franks al frente, que acaba cantando entre el público para regocijo de todos.

Sin solución de continuidad, que nunca he sabido qué quiere decir, pero que lo decía el clásico, que por cierto, tampoco sé quién era; en fin, que después, y todo seguido: Julián Maeso, Jacobo Serra, Grupo de Expertos Sol y Nieve, Arizona Baby y el mejor artista que ha dado Toledo desde que El Greco se exilió de Creta. Si no fuera porque en ellos quiero botar y saltar, vería todos los conciertos de Jero Romero de rodillas. De allí, a todo correr, a estrenarme con Caléxico, banda sureña con gusto por la cumbia y la mejor música latinoamericana, que parecieron estar un poco fuera del festival, aunque a mí personalmente, me gustaron. Y bastante.

Pasaron muchísimas más cosas ese viernes, pero me fui a dormir. Disculpas por mi ausencia.

Un día contaré a mis sobrinos que yo estuve en la plaza del Trigo de Aranda de Duero a las tres de la tarde del sábado 15 de agosto de 2015. Allí, y gracias a Ángel Carmona y a su fantástico proyecto solidario Leaozinho –http://leaozinho.net/– se produjo el milagro. Ese homenaje a la música que ha hecho del Sonorama lo que ya todos sabemos que es, cantado por la gente que ha crecido a sus faldas. La lista de canciones e intérpretes, irrepetible, fue la siguiente: “Tournedó”, de Iván Ferreiro cantada por Xoel López, “Ser brigada”, de León Benavente, por Pucho de Vetusta Morla. “Que no”, de Deluxe, por Zahara, “Mi realidad”, de Lori Meyers, por Ángel Stanich, “On my mind“, de The Sunday Drivers por John Franks, de Smile y, para completar el mágico círculo, “Club de Fans de John Boy”, de Love of Lesbian por Marc Ros, de Sidonie. Nada más y nada menos. Fue el acabose, amigos.

Antes del brutal desparrame, me gustaron, mucho, los bilbaínos Señores, y muchísimo, los madrileños Rufus T. Firefly, con esas dos potentísimas chicas a cargo de la base rítimica de un grupo que, sin duda, ocupara el ya famoso escenario principal el año que viene. A todo esto, aún tuve tiempo de pasarlo teta con Fetén Fetén en la vecina plaza de la Sal. Solo un dato: acabaron el concierto entre el publico tocando Diego Galaz una huesera pastoril y Jorge Arribas una ¡silla de camping! Como lo estáis leyendo. “Por el puente de Aranda” salió de los agujeros hechos sobre aquel ligero aposento de hierro. Para verlo.

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Y ya por la tarde y la noche, la cita con el más grande. Sin duda. Sin ninguna duda. Como que yo estaba allí. Como que él estaba solo. Con guitarra y piano. Y lloré, claro que lloré. Cómo no. Yo solo quería que me llevaras a bailar, cantó Xoel López. Y él me llevó. A mí y a los que apenas le dejábamos seguir cantando entre himno e himno. Fue emocionante. Y más al acordarme de mis ausentes amigos lánguidos. El artista del renacimiento, el gallego universal, el genio normal que se emociona con los dibujos de mi ahijada Sara y de su hermanita Teresa. Ese mismo, lo volvió a hacer. Y yo estuve allí. Y, siempre que me dejen, no dejaré de contarlo. “20 años de carrera soñando con un concierto así”, dijo después de la exhibición el tal López. Bien pensado, yo, un par de décadas más.

Si álgido significa lo que se supone que quiere decir, aquella hora de inolvidable concierto fue el punto de todo el Festival. Después, obvio, hubo cosas. Muchas: me reí con Bigott a la par que disfrutaba con su buenísima música, escuché con mucho más que aprecio a Neuman, pillé el final del concierto de Eladio y los seres queridos y me imaginé que había sido tan buenísimo como los dos que ya les he visto este año, juré darme otra oportunidad con el original proyecto electrónico de Majestad, aluciné con los dos baterías portugueses de Paus y, según me iba a descansar, los chicos de Sidonie me sacaron mucho más que un par de amplias sonrisas.

¿Y Vetusta Morla? escucho preguntar allí a lo lejos. Pues que, con un sonido casi perfecto, estuvieron solo bien. Que tengo la sensación de que alguno de sus componentes empieza a estar aburrido de tocar cada noche lo mismo. Que a lo mejor a mí me pasaría lo mismo. Que me da rabia que para emocionarme con ellos tenga que escuchar cualquiera de sus tres discos: inmejorable el primero, grandísimo el segundo y gigante el tercero. Que quizá sea un problema mío, aunque por la reacción de mucha parte del público que les vimos el sábado, creo que la sensación se extiende peligrosamente. Y que, sin embargo y por supuesto, lo seguiré intentando.

Un bote de Don Limpio. La Bien Querida en concierto.

Sobre qué hacía yo en Hospitalet de Llobregat la noche del pasado sábado se podría escribir todo un libro, mas a casi nadie le importaría lo más mínimo. A ochocientos kilómetros de casa, si es que hogar tengo, pero a muy poquitos del mar. Suelen ser consideradas como coyunturas aquellas ocasiones que, por no habituales, se aprovechan para realizar lo inexplicable y ésta fue una de ellas. Minutos después de que Enric Montefusco, cantante de Standstill, me preguntara en plena calle por un cajero de La Caixa, decidí continuar con mi noche de locura apostando por ver a La Bien Querida en concierto.

Y acerté.

Se empeña Ana Fernández-Villaverde en ensuciar el sonido de aquellas canciones que hace años brotaron cual acústico romancero. Me empeño yo en adquirir botes y botes de Don Limpio para seguir disfrutando a raudales de su cada vez más poderosísimo directo. Es Ana, la Bien Querida de aquí en adelante y también de aquí para atrás, una de las mayores causantes de mi apertura musical, de que me haya convertido en una auténtica esponja, de que no me den igual ni ocho ni especialmente ochenta, de que mi dial se haya transformando en un mosaico de pinturas a cual más rara; de que, en fin, me rebele ante el riesgo de perderme el talento existente en gran parte de esa música nacional que huye de las patéticas radio fórmulas de turno.

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Es un concierto de La Bien Querida, al menos lo fue en grado sumo el del Let’s Festival al que asistí la otra noche, una perturbadora comunión de amor y sintetizadores. Nadie, ni de aquí ni de allí, emplea tanto en sus canciones las palabras “Te quiero” como esta lacónica bilbaína. Me río yo de almíbar y de pasteles, de telenovelas venezolanas, de bisbales y bustamantes. Me encantó sorprenderme cantando a voz en grito esa preciosidad llamada “Muero de amor” mientras veía a un fornido alemán aporrear una batería electrónica de esas de las de antes.

Y no era solo yo, que allí estábamos unos cuantos cientos de tipos haciendo eses de amor con las caderas, reconociendo poderes extraños, sabiendo que el 9.6 indica nuestra frecuencia favorita y, sobre todo, creyéndonos a pies juntillas eso que de que si la pena matara, ya nos hubiéramos muerto todos nosotros.

Seguiré, y a bastante honra, teniendo que explicar qué conciertos voy a ver. Continuaré inventando circunloquios para no explicar que La Bien Querida es una tipa vasca que canta al amor abducida por melodías cibernéticas y oscurísimos sintetizadores. Aunque sea un esfuerzo, y a veces ni eso.

Fecha: 28 de marzo de 2015.

Lugar: Salamandra 2 (Hospitalet de Llobregat).

Nanas y acurruques. José González en concierto

No está hecha la miel para la boca del asno. No me gusta en demasía la miel, mas no soy un asno. Tenía ligeras sospechas de esto último, pero lo comprobé del todo en el maravilloso recital que José González ofreció el pasado sábado en la sala Capitol de Santiago de Compostela.

Comencemos por las verdades absolutas.
Primera: Jamás en mi vida, y he visto una cantidad bastante respetable de conciertos, escuché un sonido tan rematadamente perfecto como el logrado en el espacio gallego. Ya prometía el fantástico cubículo nada más entrar, pero las expectativas quedaron en poquísima cosa. Envidia, viniendo de donde vengo, fue la palabra exacta para definir la sensación experimentada al ver a, yo qué sé, ¿700 personas? disfrutando con todas las letras, de la “d” a la “o”, de un sonido imposible de mejorar.

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Segunda: Ni José González es, por más que pudiera parecerlo, el nombre del presidente de su comunidad de vecinos ni el del mediocentro defensivo del Villarobledo Fútbol Club. ¿Que podría darse la casualidad y ser así? Pues sí. Pero en cualquiera de esos dos casos no me habría yo hecho más de 400 kilómetros para emocionarme con él.

Tercera: No es la de José González, esplendente cantante sueco con raíces argentinas, una música para todos los públicos. Ni de lejos.

Cuarta: Quizá no sean las horas centrales de la noche las mejores para presenciar un concierto del autor de la mejor versión posible del clásico de The Knife, “Heartbeats”. Comenzando pasadas las diez y cuarto de la noche, el sueño te puede llegar a vencer, pero, eso sí, en forma de mágica nana, de fantástico acurruque, de hipnótico bamboleo. Y lo que es mejor, sin oponer ninguna resistencia por tu parte.


Quinta: Las cuatro anteriores y todo lo que ahora viene.
Es José González un virtuoso espectacular, un músico tremendo que logra un ambiente casi místico en sus conciertos. Lo comprobamos todos los hipsters, indies y gente normal que nos acercamos a adorarle hasta el centro de mi particular tierra prometida. Rodeado de talento por los cuatro costados (bongos, batería, guitarra y teclados), recetó hora y media de música arriesgada, en la que hubo lugar y tiempo para desde asombrar con fantásticas armonías vocales hasta hacerlo con retazos de la mejor música ambiental.
A mediados del por tantas cosas inolvidable concierto, González, solo en el escenario con su acústica guitarra, levitó durante diez minutos. Cuando me dejaba la pertinaz emoción, únicamente tenía ojos para buscar las, al menos, tres guitarras que a mí me parecía escuchar. Y solo había una.

Fecha: 21 de febrero de 2015.

Lugar: Sala Capitol (Santiago de Compostela).

 

Mucho más que una simple barba. El Meister en concierto

Antes de nada, reconoceré mis pecados. Primero, el mortal. Escucho, desde hace tiempo y con atención, a Arizona Baby y a Corizonas, pero reconozco que sin la emoción que la mayoría, aproximadamente doce de cada diez, encuentra en su música y sus canciones. Segundo, el venial. Hasta hace unas horas, lo único que envidiaba de Javier Vielba era su profética y descomunal barba. Ahora, además de aquella infranqueable mata de pelo, también me gustaría poseer, aunque solo por un rato fuera, su eterna sonrisa, su valentía para subirse solo a un escenario y su talento para hacer buenas canciones.

Pocas sensaciones mejores que aquella que habla de llegar a un concierto a dejarse sorprender. Había escuchado de pasada el disco del nuevo proyecto de Vielba, El Meister, pero, claramente lo reconozco ahora, sin la atención que se merece. Ayudado de programación electrónica, percusión, guitarra y toneladas de perenne buen rollo, el vallisoletano facturó un concierto que, en cada uno de sus extremos, agradó a los poquitos que nos acercamos al Potemkim a verle cantar.

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Hubo tiempo para todo. Para repasar esas profundas letras de “Bestiario”, su primera obra en solitario, dejar fantásticos y bohemios adelantos de próximas producciones, cantar romances castellanos y protagonizar versiones varias, desde ese fantástico “Sueño con serpientes”, de Silvio Rodríguez hasta “Autosuficiencia”, de Parálisis Permanente. Si es cierto eso de que los extremos se tocan, que claro que lo es, Vielba se situó en ese punto medio en el que dicen que está la virtud, ese en el que las churras parecen merinas y viceversa, ese mágico lugar en el que uno reconoce el buen hacer sin límite y en el que, otra vez, aparece el milagro de la música en directo.

Fecha: 28 de noviembre de 2014.

Lugar: Potemkim (Salamanca).

Músico: Javier Vielba (guitarra, percusión, programación y voz).