La canción de las 19:08. Admiro, y envidio, qué coño, a aquellas personas que saben hacer lo que a mí más me emociona: músicos/as, escritores/as y jugadores, hay muy pocas mujeres, de snooker. Y no sé muy bien si por ese orden. El caso es que uno de mis compañeros del curso de escritura en el que me desfogo los viernes que no hace calor, me presenta a unos amigos suyos que hacen música. De partida, sé que tienen gracia, porque llamarse a estas alturas Código vinagrio no está al alcance de cualquiera. No me llamó quién me tuviera que llamar por los caminos del rock con ínfulas, pero ya solo componer y subirse a un escenario a defender lo ensayado, merece todos mis respetos.
