La canción de las 14:10. La adorable hija de mis amigos pasa las canciones de Leiva, ídolo de sus padres, cuando suenan en el coche. Ella, casi adolescente, les lleva la contraria y lo acusa de pesado. No llego yo a tanto, que en cierta estima lo tengo, pero sí considero que estos tres minutos de lo último del gran Rubén Pozo superan en clase a la producción completa del delgado tipo del sombrero. Y es que eso de cantar como si Calamaro no se hubiera drogado tanto no tiene precio.
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Kiev cuando nieva
La canción de las 16:21. Cuando Antxon Corcuera y Javier Aquilué fundaron Kiev cuando nieva, la capital de Ucrania la conocíamos los frikis que disfrutábamos con aquel brutal Dynamo de los ochenta. Luego, pasó lo que sigue pasando, eso que solo nos importa cuando no encontramos caza mayor. En esta casa celebramos alborozados cuando el cuarteto de Huesca saca material nuevo. La calidad de sus canciones supera a la excelencia de su nombre y, como bien sabemos todos, su denominación es pura fantasía. Este maravilloso ‘Opinión’, con fiscorno, bombardino y banjo incorporados, cuenta, para colmo de bienes, con la estupenda Lorena Álvarez. Un disfrute todo.
LASUERTE
La canción de las 18:07. Mi relación con la suerte es como esa raya que te permitía adelantar en las carreteras por las que ya casi nadie circula. Llevo diez minutos pensando en un adjetivo correcto y sí, ese es, discontinua. Ahora necesito un poco más de la buena que de costumbre, por eso me encomiendo a la nueva música que se hace en los barrios del sur de la capital. Vecinos de Vallecas y Moratalaz, paisanos míos por tanto, Miges y Dani Melo se estrenan al ritmo de sintes locos en un rito iniciático más que notable.
Mendoza
La canción de las 13:47. Contaré, para variar, un sucedido: nunca había pasado tanto tiempo sin volver a la que durante décadas fue mi casa. Fue este verano. Entré en uno de mis bares de confianza. En el barrio, claro. Llevaba mi camiseta de Egon Soda y, tras la barra, una cría, no más de 25 calculé, se fijó en ella y me hizo el típico gesto de aprobación solidaria. Al pedir la cuenta, exigua para más señas, ella pronunció la palabra mágica: Escápula, y volví, claro, a confiar en las mujeres jóvenes de mi ciudad natal. Todo esto para decir que, gracias al enorme Ricky Falkner, acabó de descubrir a un grupazo de aquí al lado. Mendoza se llaman. Tienen miedo, cantan. Yo, también, pero solo a ratos.
Dame área
La canción de las 14:31. Después de dar por iniciada mi nueva vida, inauguro hoy mi particular curso escolar. Y, después de seguir aprendiendo a escribir, por mucho que penséis que ya sé, me enfrentaré al aquelarre tecno que proponen Víctor y Silvia. Que quien sea, me pille confesado.
Srta. Trueno Negro
La canción de las 16:23. Afortunadamente, Natalia Drago no llegó a España desde su Argentina natal por mar. Por suerte, además, es blanca de piel. Ahora que infames democracias asaltan aguas internacionales como si suyas fueran; en tiempos en los que el migrante es, por su color, un delincuente, ni potencial, ni leches; aquí estamos contentos de que Srta. Trueno Negro esté entre nosotros. Llegó con la pandemia, como buena señorita que es, acabó conociendo a un señor, Chinarro para más señas, y ya no se quiso volver. No me extraña.
Rita Ojanguren
La canción de las 14:22. Escribo de lo recuerdo y, a veces, no recuerdo ni lo que escribo. Hoy, por ejemplo. Parece mentira lo que marcan los apellidos de la infancia. Yo tenía una compañera de clase, Marta, que se apellidaba Ojanguren. Más tarde, pero también antes de ayer, hice buena amistad con su padre, Antonio, el bigotudo profesor. No hace tanto que acostumbraba a regalar flores. Ahora, quizá algo más mustio, tropiezo con la brillante asturiana Rita Ojanguren y todas estas flores.
