Ramper

La canción de las 14:09. Entenderéis ya, de una vez, porque digo que prefiero ir al cine cada vez que hay derbi futbolero. Si al final nunca voy es porque, en el fondo, no quiero perderme algo para poder contar a los nietos que nunca tendré. Eso sí, como lo de anoche, pocas veces. Surrealismos del fútbol moderno aparte, regalo hoy ocho minutazos de los granadinos Ramper en una fantástica versión del no menos brillante La caja del diablo, original, cómo no, de esos que tampoco se alinearon ayer; esto es, Los Planetas.

Kindapatri

La canción de las 14:15. Quizá siempre haya llovido así, pero desperté esta mañana soñando con Noé y creyéndome un pez. Solo al poder recordarlo sin demasiado problema, me di cuenta de que no me había convertido en carpa. Entre chaparrón y chaparrón, encuentro a Patricia Martínez García que, desde lejos, me trae cierta paz. La sigo necesitando.

Rufus T. Firefly

La canción de las 14:04. Soy tan mayor que hasta este modesto blog de música e ilusiones dispone ya de profunda hemeroteca. La primera reseña que existe en ella de Rufus T. Firefly data de junio de 2013 y ellos, Víctor y Carlos, y ella, Julia, ya llevaban años dándole a esto del talento desmedido. La de hoy, cruzo los dedos, no será la última, pero es igual de placentera que las anteriores. El grupo de Aranjuez forma ya parte de mi vida, de lo mejor de mi vida, y, en época tormentosa, me sigue acompañando. Hoy, con lo primero de su nuevo disco, con esta maravillosa Canción de paz, como si casi no la necesitara.

Pequeño mal

La canción de las 14:01. Muchos males pequeños suponen, por definición, un mal mayor. Nunca es mal, ni mayor ni menor, si Saray y Lolo, la base de los imprescindibles Hazte Lapón, deciden sacar música nueva. De por qué ahora se llaman Pequeño mal se hablará largo y muy tendidos en los festivales minoritarios del verano infinito. Por aquí, viendo llover, me limito a compartir este guitarrero Balanza y espada.

Gala i Ovidio

La canción de las 14:13. Ni Gala ni Ovidio aparecen en el último fenómeno de la música en gallego. Ella y él fueron los gemelos (¿cuándo nos sentiremos bien escribiendo las gemelas?) que tuvieron Rosalía de Castro y Manuel Munguía y sirven de estupenda excusa para que la talentosa Aida Tarrío, de Tanxugueiras, se haya unido con el rey del talento, el productor Raül Refree, para desplegar arte.

Silitia

La canción de las 14:13. Antes, cuando compartía alguna canción en euskera, siempre empleaba el mismo latiguillo: “No entiendo nada de lo que cantan, pero peor era entenderle todo a Amaia Montero“. Recibí alguna reprobación pública por semejante comentario, pero dudo mucho haber escrito nunca algo más gracioso y más real. Ibai Silicato y Xabier Barrutia, Silitia en los carteles, acaban de sacar nuevo disco y este adictivo Izpi (creo que Rayo en castellano) me da la posibilidad de volver a hacerlo. Hecho.

Agua de Madrid

La canción de las 14:14. Gracias a la gente maja con la que laboro, sé qué es un NPC, aunque a veces se me olvide y tenga que volver a preguntar, qué sucede con lo que da fomo, y hasta una vez comencé una frase, al bíblico estilo del mismísimo Jesucristo, con un categórico “en verdad”. Y sí, confirmo que el agua de Madrid está muy buena.

Después de Carolina, hablemos del durante

El viernes pasado se alinearon los planetas. Literal, que dice la chavalada ahora, pero con la certeza del adjetivo que tanto escasea cuando sale de sus bocas. A Los Planetas llegué tarde. Cuando apareció el Super 8 que ahora tanto canturreo, yo pasaba de los veinte, no como los que atracaron a Sabina, pero andaba gozándola con aquella música celta que me voló la cabeza durante mi aún inacabada adolescencia.

A los Carolina Durante llegué pronto, muy pronto incluso, justo cuando los del PP votaban a Ciudadanos, y su exitazo descomunal del viernes, la misma noche en la que se alinearon los planetas, casi me llega tarde, ya cuando los de Ciudadanos (DEP) votan a Vox, Trump mediante. Pero llegué, que dicen que es lo que importa.

Sonaron regular, claro, pero nadie suena bien en el Movistar Arena, ese antro gigantesco que cambia de nombre al mejor postor y en el que servidor no escuchó bien ni a dios todopoderoso, esto es, Eric Clapton, meses antes de que el fuego hiciera añicos el recinto madrileño de la calle Goya. Sonaron regular, insisto, pero fue muy emocionante sentirse partícipe de un fiestón para chavalas y chavales en el que nadie pidió el DNI para entrar.

Escuché gritos, canciones enteras coreadas y vi, sobre todo vi, cientos, miles de rostros alegres, incluido el mío y eso, con la que está cayendo, especialmente sobre la chavalada de hoy en día, no tiene precio. Diego, Martín, Mario y Juan acechan peligrosamente la treintena y pertenecen a esa generación maltratadísima que asume, como puede, que, por primera vez en tres, va a vivir peor que sus padres e incluso mucho peor que sus abuelos.

En mi nueva vida tengo la inmensa suerte de convivir con personas de su quinta, esos que trabajan como lo hacíamos nosotros a su edad y cobran mucho menos porque todo es mucho más caro. Gente que ni idea tiene de cuándo podrá alquilar, comprar está en la utopía de Tomás Moro, una casa para vivir solo. Personas que, al sufrir un desengaño amoroso, regresan a casa de sus padres con una dignidad que ya la quisiera yo para el que escribe. A esos, y un poco también a mí, van dirigidas las canciones del cada vez más inspirado Diego Ibáñez.

Contra el supremacismo edadista

Detesto el supremacismo edadista consistente en cargarse un par de generaciones porque sí. ¿Qué habríamos hecho nosotros, gente de entre cuarentaymuchos y cincuentayalguno, si hubiésemos tenido al alcance TODO en una pantalla y en nuestra misma mano? Yo, al menos, ni idea, porque me sucede ahora y el enganche al móvil es, a ratos, insufrible. ¿O es que fueron mucho más listos los que, en nuestras generaciones, se engancharon a las drogas? ¿Queréis que llame a mi exmujer para que os cuente los innumerables pacientes que recibe con cabezas destrozadas después de vidas aparentemente perfectas? O, qué coño, ¿me miro yo al espejo y me sostengo la mirada con el único objetivo de creerme eso que me dice repetidamente mi psicóloga de cabecera: hicimos lo que pudimos? Pues eso. Lecciones; de menisco, si acaso.

Afortunadamente, también me junto en mi nueva vida, algunos vienen de la anterior, con profesionales de la enseñanza a los que tendríais que escuchar cómo hablan de los chavales que vienen. No, insisto, no me interesan los que sentencian a críos imberbes; sí aquellos, en cambio, que me hablan de familias desestructuradas y de claustrofóbicas realidades en casa, pero también de esfuerzo, de talento, de sonrisas y de, de nuevo, “hacer lo que se puede”.

Unos y otras lo pasaron en grande viendo el conciertazo de los Carolina Durante este viernes en Madrid. Si fue un hito generacional, lo dirán en unos años. Como escribirlo sale gratis, ya lo hago yo.

Cantaron, como acostumbraban al alcohol y a las otras drogas. Cantaron, como tienen a bien últimamente, al amor y al desamor. Podéis llamar a mis amigos y, especialmente, a mis amigas, preguntarles por mí y confirmar que es un temarro que no conoce ni de modas ni de edades.

De Los Nikis a Blur pasando por Sísifo

Podrían haberse conformado los carolinos con seguir la estela, gloriosa por otra parte, de Los Nikis y de Los Punsetes. Tendrían el éxito garantizado, al menos por un rato. Pero no. Hace unos meses sacaron al mercado un disco absolutamente espléndido con el que, directamente, se han pasado el juego. Mantienen la misma jovialidad de siempre, pero nos han dado a los del poco pelo donde más nos gusta. Solo hay que escuchar ese majestuoso Tempo 2, con los Blur en la cabeza todo el rato, o esa doble ración celestial de violines y trompetas, en Elige tu propia aventura y en la cada vez más monumental Probablemente tengas razón, con la que nos hacen creer que los Belle and Sebastian se conocieron en un colegio concertado del norte de Chamberí.

Se cantó, claro, a las hamburguesas, al fútbol, a mi madre (a las suyas), a las bragas, los condones usados y la farlopa, pero también a Sísifo, por mucho que el héroe mitológico al que yo también recordé buscando en la wikipedia, nos coma la polla. Como debe ser, por otra parte. Salieron Barry B, para interpretar otra de las mejores canciones del pasado año, esa adictiva Yo pensaba que me había tocado Dios, y la sin par Gara Durán en el papel de la celestial Amaia. Faltó, eso sí, la cuñada ideal, aka Rosalía, pero, estudiado previamente el riesgo de infarto entre la chavalada, las autoridades sanitarias recomendaron encarecidamente su ausencia.

Sonaron muchas canciones en un concierto imperfecto, como todo lo bonito, que se vio detenido un buen rato por problemas técnicos. Lo solventaron con más responsabilidad que nerviosismo. Las últimas palabras fueron de agradecimiento y de disculpas. Cuatro chavales acababan de hacer el concierto de sus vidas. Y 14.999 personas así lo habían vivido. Venga, va, yo también un poco.