El viernes pasado se alinearon los planetas. Literal, que dice la chavalada ahora, pero con la certeza del adjetivo que tanto escasea cuando sale de sus bocas. A Los Planetas llegué tarde. Cuando apareció el Super 8 que ahora tanto canturreo, yo pasaba de los veinte, no como los que atracaron a Sabina, pero andaba gozándola con aquella música celta que me voló la cabeza durante mi aún inacabada adolescencia.
A los Carolina Durante llegué pronto, muy pronto incluso, justo cuando los del PP votaban a Ciudadanos, y su exitazo descomunal del viernes, la misma noche en la que se alinearon los planetas, casi me llega tarde, ya cuando los de Ciudadanos (DEP) votan a Vox, Trump mediante. Pero llegué, que dicen que es lo que importa.
Sonaron regular, claro, pero nadie suena bien en el Movistar Arena, ese antro gigantesco que cambia de nombre al mejor postor y en el que servidor no escuchó bien ni a dios todopoderoso, esto es, Eric Clapton, meses antes de que el fuego hiciera añicos el recinto madrileño de la calle Goya. Sonaron regular, insisto, pero fue muy emocionante sentirse partícipe de un fiestón para chavalas y chavales en el que nadie pidió el DNI para entrar.
Escuché gritos, canciones enteras coreadas y vi, sobre todo vi, cientos, miles de rostros alegres, incluido el mío y eso, con la que está cayendo, especialmente sobre la chavalada de hoy en día, no tiene precio. Diego, Martín, Mario y Juan acechan peligrosamente la treintena y pertenecen a esa generación maltratadísima que asume, como puede, que, por primera vez en tres, va a vivir peor que sus padres e incluso mucho peor que sus abuelos.
Cualquier mirada atrás con los @carolinadurante provoca una sensación de orgullo infinito al comprobar como la buena música y la convicción por lo que haces y trabajas es capaz de llevarte a donde quieras. Se han convertido en un grupo generacional a los que querré siempre. pic.twitter.com/OUmJeQuiQs
— Alfredo Duro (@alfredoduro1) March 1, 2025
En mi nueva vida tengo la inmensa suerte de convivir con personas de su quinta, esos que trabajan como lo hacíamos nosotros a su edad y cobran mucho menos porque todo es mucho más caro. Gente que ni idea tiene de cuándo podrá alquilar, comprar está en la utopía de Tomás Moro, una casa para vivir solo. Personas que, al sufrir un desengaño amoroso, regresan a casa de sus padres con una dignidad que ya la quisiera yo para el que escribe. A esos, y un poco también a mí, van dirigidas las canciones del cada vez más inspirado Diego Ibáñez.

Contra el supremacismo edadista
Detesto el supremacismo edadista consistente en cargarse un par de generaciones porque sí. ¿Qué habríamos hecho nosotros, gente de entre cuarentaymuchos y cincuentayalguno, si hubiésemos tenido al alcance TODO en una pantalla y en nuestra misma mano? Yo, al menos, ni idea, porque me sucede ahora y el enganche al móvil es, a ratos, insufrible. ¿O es que fueron mucho más listos los que, en nuestras generaciones, se engancharon a las drogas? ¿Queréis que llame a mi exmujer para que os cuente los innumerables pacientes que recibe con cabezas destrozadas después de vidas aparentemente perfectas? O, qué coño, ¿me miro yo al espejo y me sostengo la mirada con el único objetivo de creerme eso que me dice repetidamente mi psicóloga de cabecera: hicimos lo que pudimos? Pues eso. Lecciones; de menisco, si acaso.
Afortunadamente, también me junto en mi nueva vida, algunos vienen de la anterior, con profesionales de la enseñanza a los que tendríais que escuchar cómo hablan de los chavales que vienen. No, insisto, no me interesan los que sentencian a críos imberbes; sí aquellos, en cambio, que me hablan de familias desestructuradas y de claustrofóbicas realidades en casa, pero también de esfuerzo, de talento, de sonrisas y de, de nuevo, “hacer lo que se puede”.
Dentro de las muchas cosas que disfruté en el concierto de @carolinadurante, ninguna me hizo tan feliz como ver el WiZink absolutamente a reventar (entero, sin trampas de aforo reducido) de veinteañeras y veinteañeros enloquecidos con un grupo de guitarras.
— Iñako Díaz-Guerra (@InakoDiazGuerra) March 1, 2025
Hay esperanza.
Unos y otras lo pasaron en grande viendo el conciertazo de los Carolina Durante este viernes en Madrid. Si fue un hito generacional, lo dirán en unos años. Como escribirlo sale gratis, ya lo hago yo.
Cantaron, como acostumbraban al alcohol y a las otras drogas. Cantaron, como tienen a bien últimamente, al amor y al desamor. Podéis llamar a mis amigos y, especialmente, a mis amigas, preguntarles por mí y confirmar que es un temarro que no conoce ni de modas ni de edades.
De Los Nikis a Blur pasando por Sísifo
Podrían haberse conformado los carolinos con seguir la estela, gloriosa por otra parte, de Los Nikis y de Los Punsetes. Tendrían el éxito garantizado, al menos por un rato. Pero no. Hace unos meses sacaron al mercado un disco absolutamente espléndido con el que, directamente, se han pasado el juego. Mantienen la misma jovialidad de siempre, pero nos han dado a los del poco pelo donde más nos gusta. Solo hay que escuchar ese majestuoso Tempo 2, con los Blur en la cabeza todo el rato, o esa doble ración celestial de violines y trompetas, en Elige tu propia aventura y en la cada vez más monumental Probablemente tengas razón, con la que nos hacen creer que los Belle and Sebastian se conocieron en un colegio concertado del norte de Chamberí.
Se cantó, claro, a las hamburguesas, al fútbol, a mi madre (a las suyas), a las bragas, los condones usados y la farlopa, pero también a Sísifo, por mucho que el héroe mitológico al que yo también recordé buscando en la wikipedia, nos coma la polla. Como debe ser, por otra parte. Salieron Barry B, para interpretar otra de las mejores canciones del pasado año, esa adictiva Yo pensaba que me había tocado Dios, y la sin par Gara Durán en el papel de la celestial Amaia. Faltó, eso sí, la cuñada ideal, aka Rosalía, pero, estudiado previamente el riesgo de infarto entre la chavalada, las autoridades sanitarias recomendaron encarecidamente su ausencia.
Sonaron muchas canciones en un concierto imperfecto, como todo lo bonito, que se vio detenido un buen rato por problemas técnicos. Lo solventaron con más responsabilidad que nerviosismo. Las últimas palabras fueron de agradecimiento y de disculpas. Cuatro chavales acababan de hacer el concierto de sus vidas. Y 14.999 personas así lo habían vivido. Venga, va, yo también un poco.
