Diphda

La canción de las 15:11. Más buena música urbana nacional para avanzar en esta semana, tan lejos de todo y tan cerca de casi nada. Ni idea del motivo que lleva al jovencísimo navarro Santi Lacunza a denominarse artísticamente Diphda. Hasta ahora solo conocía a alguien que vistiera de Prada. Ahora los caballos toman el testigo del mismísimo diablo. Salimos ganando con el cambio.

Penélope

La canción de las 15:03. Llamada de socorro: La (estupenda) voz de Aitana Chanca, al frente de los Penélope en este recientísimo Tengo una navaja, me suena a alguna cantante que me gusta mucho… y no puedo recordar quién es. Por favor, por favor. Si alguien sabe algo, que me diga, que estas cosas las aguanto regular. A Aitana le acompañan en su aventura musical Magí Valls, Eloi Ros, Pablo-Hans Schwarz y Josep Tremoleda, catalanísimos todos. Hace unos cuantos años le cantaban a Penélope Cruz y ahora hablan de morir y matar. Casualidad, o no.

Miren

La canción de las 14:48. Canta la donostiarra Miren que no cambiaría nada. Yo tampoco lo haría, sobre todo, porque no es posible. Leo por ahí, además, que esta, su última canción, es un reggaetón para bailar, sentir y mirar hacia adelante. Mi coraza de purista me hace rechazar de plano esa definición. Dejémoslo en buena música urbana. Y todos tan contentos.

El Jincho

La canción de las 15:47. Después de asistir a un estupendo concierto sin músicos, continúo con ritmazo y rimas, sin guitarras, sin bajos, sin un mísero ukelele que echarse a la boca. Hace unos días, me descubrieron a El Jincho y, desde entonces, este Los porros, no me acompaña de día y de noche, más en la calurosa segunda que en el infernal primero. La pieza tiene años, pero ya es un incunable. Es lo que tiene socializar. Conoces a gente nueva que te enseña de todo. La vida misma. Todo mejora cuando leo que el rapero inmisericorde hace sus cositas en el sur de Madrid, lo mejor, con diferencia, de la ciudad. De Orcasitas a Usera. Barrísimos de ley.

Coco Wine

La canción de las 15:30. El coco no me gusta y el vino, a ratos. En Supervivientes lo pasaría, por tanto, regular. Pero, con Palencia, ninguna duda me cabe. Desde esa entrañable ciudad que cada mes de junio nos alegra los corazones, un buen día llegaron a Madrid Carmen Alonso y Víctor Pajares. Y aquí, en la capital del averno estival, hacen música junto al segoviano Pablo Rego y al zaragozano Ignacio García. La última vez que estuve en Palencia reí, canté, bailé, bebí y comí. Viví, en fin.

Cristóbal

La canción de las 12:03. ¿Hay gente que sigue haciendo canciones con un ukelele? Hay gente que las sigue haciendo. ¿Hay gente que sigue haciendo canciones chulas? Hay gente de esa. Cristóbal, que me imagino que así se llamará, es el último ejemplo. Creo no haber tomado nunca esa cosa llamada Agua de Valencia. Tampoco, hasta ahora, había escuchado a Cristóbal. Los tiempos están cambiando.

Garbayo

La canción de las 14:15. Ignacio Garbayo, bilbaíno emigrado a La Vera, hace el rock que más me gusta, ese que emparenta directamente con los Stones, ese sin cartón, ni mucho menos trampa, ese de solos guitarreros, bajo dominante y batería plenipotenciaria. El de Los Rodríguez y el de Los Ronaldos. El de toda la vida. Hace casi un año que apareció su último disco, La onda expansiva, y yo me acabo de enterar ahora. Lo de la dicha y tal.

Rocío Márquez y Bronquio

La canción de las 15:33. A Chesterton, que, que yo sepa, no jugaba en el Arsenal sino que era un eximio escritor, le preguntaron un día por la opinión que tenía de los franceses. “No lo sé, no los conozco a todos”, respondió y tan ancho se quedó. Del mismo modo, nadie ha escuchado todos los discos que se han hecho en lo que va de año en este país, pero gente de la que me fío, siempre me cita este como EL MEJOR. La cantaora onubense Rocío Márquez se ha aliado con el jerezano Santiago Gonzalo, conocido en los ámbitos electrónicos como Bronquio, para, como bien dice la chavalada del momento, pasarse el juego. Y ambos lo han conseguido. De la barbaridad que supone Tercer Cielo se seguirá hablando en décadas posteriores. Una vez dentro, me quedo con lo más rompedor, disruptivo dicen ahora los modernos; los ocho minutos tremendos de El corte más limpio. Arriesgaos, que, al lado de semejante osadía, es poca cosa.