Admiro profundamente a Javier Álvarez. Desde siempre. Lo digo, mejor lo escribo, al principio, como blanda venda para posterior herida. Le considero el maestro nacional del minimalismo, de las pequeñas canciones más grandes y perfectas que nunca se han escrito por aquí. Presentó este lunes su nuevo disco, “10”, después de una década en relativo silencio, y en el magnífico Teatro Lara había muchas ganas de reencontrarse con él.

Me encantó ver a Javier sonreír. Siempre lo ha hecho pese a pasar épocas residiendo en el vestíbulo de los infiernos. Disfruté mucho de él, más porque se presentó acompañado por dos grandísimos músicos, Meta al bajo y el grandísimo Ricky Lavado a la batería y a unas sorprendentes segundas voces. Si la disolución de Nudozurdo, el grupo que formaban ambos junto a Leopoldo Mateos, ha servido para que Meta y Lavado hagan conciertos con Álvarez, buenísima sea la mala noticia.

Comenzó el concierto con la primera cara íntegra de su nueva obra. Preferí no escuchar nada previamente, salvo el magnífico “El mar”, con el que empieza “10”. Y así fue mucho mejor. En casi ningún momento se me borró esa sonrisa tonta con la que escuchas por primera vez canciones simplemente perfectas. Lo son, rotundas, “No fue”, “Detr/s”, “En la cuarta”, “Presente” o “Sonata de otoño”. Le perdoné, con la misma sonrisa de antes, que Javier se olvidara de algunas de las letras de sus nuevas canciones y que resbalara de alguna manera con la excesiva “Tuno”, no demasiado bien llevada al directo.

Y luego, todo lo demás. Clásicos que llevan emocionando, al menos a mí hasta casi el extremo, más de dos décadas. Hay artistas, entre ellos algunos de los que más admiro, que cantan sus grandes éxitos como obligados, como una especie de pesada carga por la que pasar sí o sí. Comprendo que llegará a bordear el coñazo interpretar siempre lo mismo, pero, por ejemplo, a Javier Álvarez no se le nota nada en absoluto. Y en todo caso, no haberlas compuesto. Lejos de renegar de su pasado, reinterpreta himnos como si los acabara de componer ayer mismo. Y así sonaron magníficas, pero majestuosas de verdad, “La edad del porvenir”, indiscutiblemente entre las diez mejores nacionales de todas las eras, “Piel de pantera”, “1, 2, 3, 4”, “Sunset Boulevard”, la desternillante “Padre”, la no menos concluyente “Ni na no”, o su emocionantísima revisita del antiguo cuplé, luego himno de la Legión, “El novio de la muerte”.

Servidor, que ha tenido la inmensa suerte de ver a Javier Álvarez en garitos mucho menos refinados que el monumental Lara, no se sorprendió en absoluto cuando el cantante madrileño dio rienda suelta a su innata y descacharrante condición payasa. Y así se paseó por todo el teatro cantando en playback el último hit de la música disco, tuvo tiempo para insertar la palabra mágica del artisteo global, “Malamente”, en una de sus canciones, y homenajeó a sus máximos referentes, Abba y Michael Jackson. Todo ello bajo los gritos de “Guapo” que llegaban desde la entregada platea. Ante la emocionantísima y rendida ovación final, Javier reaccionó bromeando. “Qué falsos sois”, acusó. La típica salida mentirosa del nervioso satisfecho que volvió a sonreír.

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