Regresé a Miranda tres años después y parecía que no hubiera faltado a ninguna edición del festival pequeño más grande del país. No me recibieron con los brazos abiertos simplemente porque no podían. El motivo era que tenían las manos ocupadas por salvadoras cervezas que, al instante, compartían como el mejor regalo posible de entrañable bienvenida. A diferencia de lo que sucedía cuando yo pasaba por allí de pequeño, ahora sigue oliendo bien en la ribera fronteriza del Ebro. Y cada vez mejor.

Es Ebrovisión un festival muy bien hecho que cuenta con lo fundamental, el inquebrantable favor de los vecinos, niños incluidos. Ese es el motivo por el que los visitantes, que también los hay, nos sentimos allí tan bien. Tengo ya ganas de volver y acabo de regresar. Las mismas que tenía de ir este año aunque el cartel no presentara, al menos para mí, la rotundidad de pasadas ediciones, vividas tristemente en la distancia.

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No vi todo, claro, aunque entré casi el primero en el recinto aquel jueves de modesto calor y salí, con ese fresquete tan característico de la noche mirandesa, cuando ya era domingo. Me perdí, por ejemplo, contra mi propia voluntad pero a cambio de unas inconmensurables ijadas de bonito, el concierto de Modelo de Respuesta Polar. Una mediodía, mientras aún dormitaba, actuó Salto. Habrá espacio y lugar, seguro, para disfrutar, aunque sea por primera vez, de dos de los grupos que más me atraen. Tampoco vi, esto por propio convencimiento y mientras degustaba horas de buenísima conversación, ni a los Lori Meyers ni a LA M.O.D.A. “Uhhhhhhhh, que se calle ya. Pero cómo se atreve”, escucho desde la tribuna ocupada por los amantes de los cabezas de cartel. “Que se vaya de una vez”, me dicen. Me iré, pero es que ambos me aburren soberanamente. También, por cierto, La Habitación Floja, perdón Roja, a quienes abandoné tras cuatro canciones, animado por la impagable gracieta elevada por parte del personal más cercano.

Imagen del brutal concierto de Egon Soda.

Empiezo por lo malo porque lo bueno fue espectacular. El mejor concierto que vi en este Ebrovisión, y uno de los más destacados de mis últimos tiempos, lo hicieron Egon Soda. Absolutamente maravillosa música clásica sobre el escenario del polígono de Bayas. Éramos pocos y no hizo falta ni que pariera la abuela para disfrutar como enanos. Insisto, una auténtica barbaridad. Al portentoso Ricky Falkner se le escucharon todas y cada una de las notas que tocó con su bajo y su voz, complicada hasta el extremo, se convirtió en dulce. Preguntad por Miranda si no me creéis. Las implacables letras de Ferrán Pontón hasta se entendían y la doble percusión (Xavi Molero-Ricky Lavado) sonó a auténtica gloria. Cuando recetaron esa preciosidad llamada El corazón de un mundo sin corazón y destacó mucho más que en disco; es decir, cuando se logró el mágico imposible, puede ser que llorara. No lo aseguro, pero puede ser que sucediera.

Después de volver a reconocer alegremente por qué solo la música me hace sentir esas cosas, Viva Suecia me pareció pura bachata, hasta que recordé al gran Juan Luis Guerra y los murcianos descendieron al lugar, decoroso, que ocupa cierto reggaeton del bueno. Pensé que debe ser muy fastidiado tener éxito y hacer una canción buenísima, Los años, sin siquiera disponer de tiempo para gestionarlo. También consideré que sólo había un sitio en lo más alto de la música independiente nacional y ese fue ocupado hace años por los indiscutibles Vetusta Morla. Y que, incluso, surgió otro lugar para el segundón y ahí aburren los absolutamente prescindibles Izal. Se puede ser el tercero, pero sólo si eres el Atleti, el Espíritu Santo o el postre.

Siguiendo con rankings, pero en este caso de los positivos, dos completarían el podio ebrovisivo por debajo de los indiscutibles Egon Soda. Ángel Stanich, por supuesto, es uno de ellos. Considerando que no fue el mejor concierto que le he visto al grupo que le acompaña, fue un pedazo de actuación. El genio barbudo que no da entrevistas se presentó como Emiliano Bajo Iglesias, el alcalde republicano de Miranda de Ebro fusilado en septiembre de 1936. Por aquello de no reabrir las heridas o quizá, mejor, por lo de cerrarlas de una vez. Cantaron la mayoría de Antigua y Barbuda, su pletórico último disco, y acabaron, imbatibles, con Mátame camión y Escupe fuego, dos ejemplos de himnos de conversión inmediata.

Y en esto, llegó La Casa Azul y, qué queréis que os diga; pues que me encantaron. Un fiestón colosal al ritmo de cinco tipos, Guille Milkyway al frente, tocados con cascos cibernéticos. Un espectáculo impresionante y una futurista puesta en escena que los convirtió en mi principal sorpresa mirandesa. Desde que vi el cartel apunté su noctámbula hora para nos perdérmelos. Era la primera vez y trataré por todos los medios posibles de que no sea la última.

Guille Milkyway, al frente de La Casa Azul.

También me gustó, y muchísimo, la salvajemente guitarrera propuesta de Texxcoco y el atrevimiento casi infantil de las entrañables chicas de Cariño, en el que era sólo el tercer concierto de su aún imberbe carrera. Descubrí que los componentes de esa animalada llamada Los Bengala son dos miembros de los buenísimos Volcanes y lamenté las imperfecciones técnicas de los también guitarreros La Plata. Me aburrió Ron Gallo, del mismo modo que lo hizo la propuesta de flamenco psicodélico de Quentin Gas & Los Zíngaros. Disfruté un rato de los bilbaínos electrónicos Empty Files y me sorprendió, y muy para bien, el grupo francés DBFC.

Niñas en la actuación de Cariño.

Y, claro, por supuesto, que vi a Carolina Durante. A las nueve de la noche del sábado, los más claros y dignos sucesores de Los Nikis salieron al escenario. Menos de una hora de punk madrileño que culminó con el ya mítico Cayetano. Es muy posible que, con todo merecimiento, aquel No votan al PP, votan a Ciudadanos, fuera la estrofa más coreada del fin de semana en Miranda y alrededores. Su presencia se antoja absolutamente necesaria en el momento actual e imagino que se convertirá en prescindible en tres o cuatro temporadas, pero el bien ya estará hecho.

En fin, que fui tan feliz en la fronteriza ribera del Ebro que hasta me llevaron a Anduva a ver al Mirandés. “Hemos ganado 1-1 con el Racing”, resumió, sabio, uno de mis entrañables amigos locales. No me digáis que no hay que quererles.

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