La canción de las 12:44. Y allí me encontré yo, llorando a moco tendido, sin consuelo ninguno, de pura emoción, que no de oscura tristeza. No era la primera vez que veía “En la ciudad sin límites”, si acaso la quinta o la sexta, pero mi memoria selectiva, tan imperial en casos, se vuelve mínima a la hora de ver películas o leer libros. Así, logro sorprenderme una vez más con un cuajo sin igual. Será que estás sensible, me dice. Será eso. Y también que aquello que dirigió mi paisano Antonio Hernández hace ya unos años fue una auténtica maravilla. Y, por supuesto, que esta partitura que ideó otro salmantino como yo, el genial Víctor Reyes, también lo es. Imagino que solo soy patriota cuando comparto origen con gente grande.

Anuncios