La canción de las 13:07. Por simple reducción al absurdo, no puedo ser madre. Padre; ya se verá, que dijo aquel ciego al que timaba compulsivamente nuestro vergonzante héroe legendario. Tendré la inmensa suerte de poder felicitar hoy a mi madre en primera y tercera persona, yo y ella, le haré un regalo atenta y felizmente prestado y le diré que la quiero. Cómo no. Casi seguro, ella no leerá estas líneas, aunque me complacerá que, al menos, tenga la posibilidad de hacerlo. Insisto, para que nunca se me olvide, le diré que la quiero. Y, si hace falta, lo escribiré diez, cien, mil veces en la pizarra de mi memoria. Le diré que la quiero. Le diré que la quiero. Y, al repetirlo, un piano, no sé por qué, me acompaña en la sincera y amorosa letanía. Ese inmortal Yann Tiersen, siempre al rescate. Aunque haya cosas tan complicadas ya de rescatar. Le diré que la quiero. Le diré que la quiero. Le diré que la quiero. Le diré que la quiero…

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