drexlerEs Jorge Drexler ese tipo amable y educado que deja el sentido del ridículo a un lado en el primer segundo de su fantástico recital. Al son de una programación electrónica de penúltima generación, él y sus tremendos muchachos salen al escenario interpretando un baile muy particular en el que se dejan ver las únicas imperfecciones de toda la noche. Se le notó feliz al grandioso poeta y mejor cantante uruguayo en el plateresco patio del Colegio Fonseca. No ha de ser para menos. Uno, en sueños, se imagina sobre ese escenario y solo lo hace dando gracias a quien sea por poder actuar en similar lugar. Drexler lo agradeció sin parar.

Debe ser complicado superar una obra maestra. Incluso difícil convivir con ello. Drexler hizo el disco redondo con el que, supongo, sueña todo creador cuando facturó el perfecto “Eco” hace justo ahora diez años. Reconozco que, colmado mi nivel de placer, me desenganché de su producción posterior. Después de disfrutar con él la otra noche en Fonseca, solo me queda reconocer mi error y encomendarme a aquello tan postmoderno de que no hay Spotify que cien años dure.

Sonaron varias de las canciones del disco que ahora presenta el cantante uruguayo, “Bailar en la cueva”. Y sonaron espectacularmente bien. Apoyado por unos músicos con ritmo por sangre en las venas y con un monumental Martín Leiton dominando toda la ventosa noche con su bajo eléctrico, Drexler cantó y contó. Y escuchándole deseé conocer el Cabo Polonio, vivir el carnaval de Cádiz, viajar a ese punto ciego de la pena que es la venezolana isla de Rasquí y hasta entrar en Bolivia algún día. Y lloré, también ayer, con la letra de la “Milonga del moro judío“, probablemente el mayor alegato jamás escrito en contra de la guerra, de cualquier guerra, pero sobre todo de esa que ahora mismo provoca toneladas de pena y quintales de indignación.

Es Jorge Drexler ese tipo que puede hacer cantar al frío viento reinante en la noche mágica, ese que acepta peticiones del oyente, ese que, bordeando la cincuentena de extraordinaria manera, otorga el verdadero valor al piropo sincero y sentido. El mismo que disfruta haciendo disfrutar. Ese capaz de superar las obras maestras.

Fecha: 29 de julio de 2014.

Lugar: Patio del Colegio Arzobispo Fonseca, Salamanca.

Músicos: Jorge Drexler (Guitarras y voz), Martín Leiton (Bajo eléctrico), Borja Barrueta (Batería y percusiones), Sebastián Merlín (Percusiones y guitarra) y Carles “Campi” Campón (Programación y percusiones).

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